viernes, 23 de septiembre de 2011

Idea


"Sin límites la noche, pura, despierta, sola,
solícita al amor, ángel de todo gesto..."


Idea Vilariño, poetisa, crítica literaria, docente, nace en Montevideo el 18 de agosto de 1920 y fallece el 28 de abril del año 2009.
Forjó un espacio poético cimentado en la angustia por la conciencia del límite, donde también hay lugar para el Eros. Y entonces esta voz nos habla del amor también en forma original. En este habita la muerte, ese vacío que acompaña la existencia, la vida: “Amor / desde la sombra / desde el dolor / amor / te estoy llamando / … / te estoy llamando / como la muerte / amor / como la muerte.”
Aún en aquellos poemas en los que se percibe un alto grado de erotismo se llega al clímax y se desciende inevitablemente en la ausencia, en el vacío: “Tu contacto / tu piel / suave fuerte tendida / dando dicha / apegada / al amor a lo tibio / pálida por la frente / sobre los huesos fina / triste en las sienes / fuerte en las piernas / blanda en las mejillas / y vibrante / caliente / llena de fuego / viva / con una vida ávida de traspasarse / tierna / rendidamente íntima. / Así era tu piel / lo que tomé / que diste.”
Vaivén entre el Eros y el Thánatos.
En el poema “Ya no” el adverbio temporal “ya” ubica en el tiempo la negación. Se instala así en un presente permanente que se teje desde el título hasta el último verso del poema. El amor es gozado y padecido por los hombres. El tiempo también y en este ámbito obsesivamente humano se instala el “no” que señala la ausencia y por esta a la muerte: “Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / … / ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya / no será para mí / más que tú. Ya no está / … / no me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. / No volveré a tocarte. / No te veré morir.”

Buscamos...
Buscamos
cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.

La angustia ha devenido
apenas un sabor,
el dolor ya no cabe,
la tristeza no alcanza.
Una forma durando sin sentido,
un color,
un estar por estar
y una espera insensata.

Dónde el sueño cumplido...
Dónde el sueño cumplido
y dónde el loco amor
que todos
o que algunos
siempre
tras la serena máscara
pedimos de rodillas

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.

Un huésped
No sos mío
no estás
en mi vida
a mi lado
no comés en mi mesa
ni reís ni cantás
ni vivís para mí.
Somos ajenos
túy yo misma
y mi casa.
Sos un extraño
un huésped
que no busca no quiere
más que una cama
a veces.
Qué puedo hacer
cedértela
pero yo vivo sola.

Vive
Aquel amor
aquel
que tomé con la punta de los dedos
que dejé que olvidé
aquel amor
ahora
en unas líneas que
se caen de un cajón
está ahí
sigue estando
sigue diciéndome
está doliendo
está
todavía
sangrando.

Ya no será...
Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.


domingo, 18 de septiembre de 2011

Literatura fantástica y realismo, Abelardo Castillo

Es decir que, para usted, el realismo es un artificio.

—Exactamente, como lo sostenía Borges. Lo que no creo, y en esto difiero de él, es que la literatura fantástica exista. Muchas veces he dicho que lo único que existe es el realismo. Todo lo que podemos imaginar nace de la realidad. No puedo hacer distinciones entre literatura fantástica y realismo.

Hoy tomaremos cuatro historias, cuatro cuentos donde el personaje es el hombre enamorado de una mujer joven y singular por su carácter y belleza, que somete su destino a la merced de sus apariciones y desapariciones.
En los cuatro cuentos Abelardo Castillo traspone los límites de lo real y permite lecturas diversas sobre el tiempo y su relación con otros planos.

En “El tiempo de Milena” se plantea el drama del hombre, que en su tiempo real va envejeciendo mientras que la muchacha que reaparece es siempre la misma joven casi adolescente, que parece habitar un lugar donde el tiempo es otro.

Claro que el tiempo de Milena y el mío no corrían de la misma manera, ni siquiera, quizá, en el mismo sentido. Pero esto lo comprendí del todo muchos años después.
No volví a verla hasta quince años más tarde. Y esto también se escribe fácil. Lo mejor, por ahora, es decir que en esos años los grandes amores no duraban mucho y que el nuestro no fue una excepción. Nos defendíamos del tiempo. Nadie quería que la mujer o el hombre de su vida envejeciera, y eso, supongo, tendía a acortar las pasiones. Era preferible recordar: el recuerdo, como la ceguera, deja los rostros intactos.


En “Muchacha de otra parte” el hombre se enamora de una joven que entra y sale de su vida y que un día lo abandona para siempre. Ignora todo de ella hasta su nombre. Por miedo a perderla no se atreve a preguntarle nada. Con los pocos datos que tiene: un pueblo con calles bordeadas por plátanos y moreras, médanos y un faro. Es lo único que sabe de ese lugar al que la muchacha se marcha siempre y que llama “su casa”. Quince años después de ese último encuentro el hombre, con rostro cansado relata su historia en un bar pueblerino. Aun no la ha hallado.

Sé que lo que voy a escribir ahora suena pueril, novelesco, demasiado fácil de ser escrito; pero nunca supe su verdadero nombre. Tampoco supe dónde vivía ni con quién. No tuve tiempo de asombrarme porque sucedieron dos cosas. Verla ahí, tan irrefutable y casual, me hizo tomar conciencia de que si ella no hubiera vuelto yo no habría tenido manera de encontrarla. La otra, fue algo que dijo. Yo le había preguntado dónde estuviste todo este tiempo, y ella, con distraída alegría, contestó de inmediato: "En casa."
Ni siquiera pensaba la palabra casa en el mismo sentido que yo, en el sentido convencional de objeto para habitar. Había dicho casa como una sirena diría que ha vuelto unos meses al mar. Iba a preguntarle cómo había entrado pero me callé. Desde ese día aprendí a callarme. Para empezar, me resultaba un poco alarmante admitir que su casa, su casa real, en algún barrio de Buenos Aires, me importara mucho menos que el lugar con el que soñaba y del que me hablaba a veces, como si hablara en sueños, sin poner ninguna atención en que ciertos detalles descriptivos coincidieran o no.

“La calle Victoria” cuenta como un hombre entra en una dimensión temporal distinta en la que encuentra a la joven que cree es “la mujer de su vida", en medio de una noche de Carnaval que transcurre sesenta o setenta años antes y a la que sabe que no volverá a ver.

Porque no se trataba siquiera de un sentimiento, era una sensación, como la de estar deslizándose por la noche hacia un lugar querible y remoto, pero no remoto en el espacio, no lejano de se modo, y me miró.
-Como en los sueños -dije yo.
De acuerdo. Yo estaba en otra parte, en otro tiempo. Me había deslizado como por una grieta a un Buenos Aires de cincuenta o sesenta años atrás.
Mientras me hablaba, Villari pronunció la palabra burbuja o esfera, y quería decir que el tiempo que pasó con su dama antigua en ese balcón había sucedido como dentro de una burbuja que los apartaba de los demás, un no-lugar donde el tiempo (la vida, dijo Villari) transcurría en otra dirección y donde, de alguna manera, todo estaba permitido. Su cuerpo inició el movimiento de acercarse a ella, o fue el cuerpo de ella el que lo inició.

En cambio, en “Carpe Diem” la historia es dramática. El hombre tiene una larga relación con una joven. Se enojan y él regresa a su pueblo.
Han pasado seis meses cuando se decide a llamarla por teléfono y pedirle que venga al pueblo. La joven acepta y se encuentran.
Será solo una noche, luego ella se irá para siempre.

que habrá llegado hasta ahí por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuerdos.
Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificultad. No entiendo qué es lo que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde. Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo con naturalidad: vivirlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera concedido a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real, y lo real no precisa explicación alguna. Ese sauce a la orilla del agua, por ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo no sé si estuvo siempre, ahora está.

Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer. Volvió a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día perdido, nuestra pequeña flor para cortar...


domingo, 11 de septiembre de 2011

¿Qué es un clásico?

Un clásico es un libro que nunca ha cesado de contar lo que tiene que contar.
Italo Calvino

La pregunta formulada con sobrada reiteración ha merecido respuestas muy heterogéneas, y ninguna de ellas ha logrado asentimiento unánime. Un mismo período calificado de clásico por un autor, es llamado neoclásico, clasicista, o barroco por otro.
Por su forma acusa un origen latino.
El adjetivo clásico se encuentra por primera vez empleado en Francia por el humanista Sebillet en 1548, para calificar a autores antiguos que recomienda como modelos. En Inglaterra por el autor Sandys en 1599, al referirse a clásicos y canónicos; en España, Lope de Vega dice escribir "sin consultar los clásicos autores". En la primera edición del Diccionario de la Academia Francesa (1694) se define al autor clásico: "autor antiguo muy aprobado, que es autoridad en el asunto que trata".
En los siglos XVI, XVII y XVIII cuando los críticos y escritores se refieren a los autores clásicos, es decir a los griegos y latinos, usan sistemáticamente la palabra "antiguos", y emplean la palabra "modernos" para nombrar a aquellos posteriores al Renacimiento.
Voltaire incluye entre los autores ejemplares a aquellos franceses del siglo XVII, que por su estilo equiparan con los griegos y latinos, y a partir de ahí la palabra comienza a extender su área e incluir a autores ejemplares modernos.
Más tarde involucra a los autores antiguos, a los modernos imitadores de los antiguos, y a los partidarios de la literatura regida por las reglas.
Goethe se refiere a la complejidad semántica del término, en el que convergen, según él, significaciones históricas, sociales, morales, intelectuales y literarias.
A veces se toma la palabra clásico como sinónimo de perfección. Según Charles Nodier "todo lo que es esencialmente bello, es esencialmente clásico".
Stendhal lo define despectivamente "Es el arte de presentar al público la literatura que deleitaba a sus tatarabuelos" y también "Imitar hoy a Sófocles y Eurípides y pretender que esas imitaciones no hagan bostezar a los franceses del siglo XIX, eso es clasicismo".
La edición de 1835 del diccionario de la Real Academia Francesa explica: "son clásicos los autores que se han erigido en modelos en cualquier lengua" es decir, "ya no le otorga como la primera edición, la exclusividad a los antiguos. Y tampoco expresa la exigencia de ser imitador de los antiguos, y sí consagra al adjetivo clásico para autores de cualquier lengua.
Los franceses reservan clásico para los antiguos y para aquellos que siguieron su huella.
El crítico francés Sainte Beuve intenta poner claridad apoyándose en opiniones de Goethe: "un clásico es un autor antiguo, consagrado por la admiración y consideración como autoridad en su género", "es el autor que enriqueció al espíritu humano, que acrecentó efectivamente el acervo de la humanidad, que la hizo avanzar un paso y que descubrió alguna verdad moral inequívoca o que aprehendió alguna pasión eterna del corazón humano, del que ya se creía haber conocido todo".
Wilhelm Dilthey define los clásicos como "aquello que otorga plena satisfacción a los hombres del presente", y Juan Ramón Jimenez "Actual, es decir clásico, es decir eterno", u Ortega y Gasset "Clasicismo es actualidad, como romanticismo es nostalgia".
Tanto las definiciones
relativas e históricas como las absolutas, todas apuntan a un ideal, y de hecho todos concuerdan en que ese ideal se encuentra plenamente realizado en obras literarias y plásticas del período ático de la Grecia Antigua.

Carminum III, 30 (A Melpómene)
Horacio

Terminé un monumento más perenne que el bronce
y más alto que las regias Pirámides
al que ni la voraz lluvia ni el impotente Aquilón
podrán destruir, ni la innumerable
sucesión de los años, ni la huida de los tiempos.
No moriré del todo: una gran parte de mí
se salvará de Libitina. Creceré en los que vengan
tras de mí con gloria siempre nueva,
mientras suba el pontífice al Capitolio
junto a la virgen silenciosa.
Se dirá de mí, allí donde el violento
Aufido fluye ruidosamente y donde
Dauno, pobre de agua, reinó
sobre silvestres pueblos,
que, aunque de humilde cuna, fui capaz
el primero de trasladar la lira Eolia
a metros Itálicos. Toma, Melpómene,
para ti la gloria ganada por mis méritos,
que yo sólo quiero que ciñas de buen grado
mi cabellera con laurel Délfico.


viernes, 2 de septiembre de 2011

El énfasis

Nos despedimos en una de las esquinas del Once.
Desde la otra vereda volví a mirar; usted se había dado vuelta y me dijo adiós con la mano.
Un río de vehículos y de gente corría entre nosotros; eran las cinco de una tarde cualquiera; cómo iba yo a saber que aquel río era el triste Aqueronte, el insuperable.
Ya no nos vimos y un año después usted había muerto.
Y ahora yo busco esa memoria y la miro y pienso que era falsa y que detrás de la despedida trivial estaba la infinita separación. Anoche no salí después de comer y releí, para comprender estas cosas, la última enseñanza que Platón pone en boca de su maestro. Leí que el alma puede huir cuando muere la carne.
Y ahora no sé si la verdad está en la aciaga interpretación ulterior o en la despedida inocente.
Porque si no mueren las almas, está muy bien que en sus despedidas no haya énfasis. Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros.
Delia: alguna vez anudaremos ¿junto a qué río? este diálogo incierto y nos preguntaremos si alguna vez, en una ciudad que se perdía en una llanura, fuimos Borges y Delia.

"Delia Elena San Marco", El Hacedor
Jorge Luis Borges, 1960

..."Beatriz no quiso ver el barco; la despedida, a su entender, era un énfasis, una insensata fiesta de la desdicha, y ella detestaba los énfasis. Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos en otro invierno. Soy un hombre cobarde , no le dejé mi dirección, para eludir la angustia de esperar cartas.
He notado que los viajes de vuelta duran menos que los de ida, pero la travesía del Atlántico, pesada de recuerdos y de zozobras me pareció muy larga. Nada me dolía tanto como pensar que paralelamente a mi vida, Beatriz iría viviendo la suya, minuto por minuto y noche por noche. Escribí una carta de muchas páginas que rompí al zarpar de Montevideo"...

"El Congreso", El libro de arena
Jorges Luis Borges, 1975

domingo, 28 de agosto de 2011

Palabras mejores que el silencio...

Paris, 12 de enero de 1980

Querido Onetti:

Una vez más encontré todo ahí, todo lo que te hace diferente y único entre nosotros. La gran maravilla es que el reencuentro no supone la menor reiteración ni la menor monotonía. Parecería casi imposible después de la saturación que dejan en la memoria tus libros anteriores, pero es así: todo es otra vez nuevo bajo el sol, mal que le pese al viejo Eclesiastés.
Con poco escritores me ocurre eso. Los leo hasta un punto dado y después pienso, "muchachos, sigan solos, yo me corto en la esquina". Con los años, prefiero autores nuevos, probar otras marcas de whisky. Y ... pasa que tu novela [*] es eso, siempre whisky pero con un sabor que es el mismo y diferente. Pasa que una vez más has escrito un gran libro, y lo que parecía irrepetible se repite sin repetirse, si me perdonás esta jerga que busca abrirse paso y se enreda un poco.

Medina, carajo. Qué tipo sos, Onetti. En fin, tu libro lo voy a caminar mucho por las calles de Paris (ojalá, alguna vez, de Buenos Aires).

Un abrazo,

Julio



lunes, 22 de agosto de 2011

Prólogo a "Cartas de mamá"


Por Jorge Luis Borges
Buenos Aires, 1984.

Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo.
Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula "Casa Tomada". Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra. Muy poco sé de las letras contemporáneas. Creo que podemos conocer el pasado, siquiera de un modo simbólico, y que podemos imaginar el futuro, según el temor o la fe; en el presente hay demasiadas cosas para que nos sea dado descifrarlas.
El porvenir sabrá lo que hoy no sabemos y cursará las páginas que merecen ser releídas. Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar; sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las armas secretas de Julio Cortázar y sus cuentos, como aquel que publiqué en la década del cuarenta, me han parecido magníficos.
"Cartas de mamá", el primero del volumen, me ha impresionado hondamente. Una historia fantástica, según Wells, debe admitir un solo hecho fantástico para que la imaginación del lector la acepte fácilmente. Esta prudencia corresponde al escéptico siglo diecinueve, no al tiempo que soñó las cosmogonías o el Libro de las Mil y Una Noches.
En "Cartas de Mamá" lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones del subterráneo. El prodigio requiere esos pormenores. Otro rasgo quiero indicar. Lo sobrenatural, en este admirable relato, no se declara, se insinúa, lo cual le da más fuerza, como en el "Izur" de Lugones. Queda la posibilidad de que todo sea una alucinación de la culpa. Alguien que parecía inofensivo vuelve atrozmente. Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras.

Click en los links por los cuentos.

sábado, 6 de agosto de 2011

El Pozo, Juan Carlos Onetti


Aprendamos a descubrirlo a través de los subrayados. Todo aquello que fuera del contexto en sí nos conduciría sin lugar a dudas a alguna parte. Los espero.
Click aquí por el cuento completo.

Qué fuerza de reali­dad tienen los pensamientos de la gente que piensa poco y, sobre todo, que no divaga. A veces dicen “buenos días”, pero de qué manera tan in­teligente.

Pero, ¿por qué no acepta que nunca ya volverá a enamorarse?

Era cierto; yo no quiero aceptarlo porque me parece que perdería el entusiasmo por todo, que la esperanza vaga de enamorarme me da un poco de confianza en la vida. Ya no tengo otra cosa que esperar.

Por aquel tiempo no venían sucesos a visitarme a la cama antes del sueño; las pocas imágenes quo llegaban eran idiotas. Ya las había visto en el día o un poco antes. Se repetían caras de gentes que no me interesaban, ubicadas en sitios sin misterios.

Había habido algo maravilloso creado por nosotros.

¿Cómo que­rer compararse con aquel sentimiento, aquella atmósfera que, a la media hora de salir de casa me obligaba a volver, desesperado, para asegurarme de que ella no había muerto en mi ausencia?

He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres.

El amor es algo demasiado maravilloso para que uno pueda andar preocupándose por el destino de dos personas que no hicieron más que tenerlo, de manera inexplicable. Lo que pudiera suceder con don Eladio Linacero y doña Cecilia Huerta de Linacero no me interesa. Basta escribir los nombres para sentir lo ridículo de todo esto.

El trabajo me parece una estupidez odiosa a la que es difícil escapar. La poca gente que conozco es indigna de que el sol le toque en la cara.

Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.

Pero aquella noche no vino ninguna aventura pa­ta recompensarme el día.

Había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado ... Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida.

-¿Nunca te da por pensar cosas, antes de dormirte o en cualquier sitio, cosas raras que te gus­taría que te pasaran...?

Salió antes que yo y nunca volvimos a vernos. Era una pobre mujer y fue una imbecilidad hablarle de esto.

Es asombroso ver en qué se puede convertir la revolución rusa a través del cerebro de un comerciante yanki; basta ver las fotos de las revistas norteamericanas, nada más que las fotos porque no sé leerlas, para comprender que no hay pueblo más imbécil que ése sobre la tierra; no puede haberlo porque tam­bién la capacidad de estupidez es limitada en la raza humana. Y qué expresiones de mezquindad, que profunda grosería asomando en las manos y en los ojos de sus mujeres, en toda esa chusma de Hollywood.

...un acento extran­jero que me hace comprender cabalmente lo que puede ser el odio racial. No sé bien si se trata de odiar a una raza entera, u odiar a alguno con todas las fuerzas de una raza.

Y cuando a su condición de pequeños burgueses agregan la de “intelectuales”, merecen ser barridos sin juicio previo.

Fuera de todo esto, que no cuenta para nada, ¿qué se puede hacer en este país? Nada, ni dejarse engañar.

Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos.

Recuerdo que en aquel tiempo andaba muy solo —solo a pesar mío— y sin esperanzas. Cada día la vida me resultaba más difícil. No había conse­guido todavía el trabajo en el diario y me había abandonado, dejándome llevar, saliera lo que sa­liera. ¿Por qué los sucesos no vienen al que los espera y los está llamando con todo su corazón desde una esquina solitaria?

Hablaba rápidamente, queriendo contarlo todo, trasmitir a Cordes el mismo interés que yo sentía. Cada uno da lo que tiene. ¿Qué otra cosa podía ofrecerle? Hablé lleno de alegría y entusiasmo, paseándome a veces, sentándome encima de la mesa, tratando de ajustar mi mímica a lo que iba contando. Hablé hasta que una oscura intuición me hizo examinar el rostro de Cordes. Fue como si, corriendo en la noche, me diera de narices contra un muro. Quedé humillado, entontecido. No era la comprensión lo que había en su cara, sino una expresión de lástima y distancia. No recuerdo que broma cobarde empleé para burlarme de mí mismo y dejar de hablar. El dijo:

-Es muy hermoso... Sí. Pero no entiendo bien si todo eso es un plan para un cuento o algo así.

Yo estaba temblando de rabia por haberme lan­zado a hablar, furioso contra mí mismo por haber mostrado mi secreto.

El cansancio me trae pensamientos sin esperanza.

Hace un par de años que creí haber encon­trado la felicidad. Pensaba haber llegado a un es­cepticismo casi absoluto y estaba seguro de que me bastaría comer todos los días, no andar desnudo, fumar y leer algún libro de vez en cuando para ser feliz. Esto y lo que pudiera soñar despierto, abriendo los ojos a la noche retinta. Hasta me asombraba haber demorado tanto tiempo para des­cubrirlo. Pero ahora siento que ni¡ vida no es más que el paso de fracciones de tiempo, una y otra, como el ruido de un reloj, el agua que corre, moneda que se cuenta. Estoy tirado y el tiempo pasa.

Esta es la noche, quien no pudo sentirla así no la conoce.

Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos.