lunes, 24 de septiembre de 2012

Testigo de uno mismo


Montevideo quince de noviembre
de mil novecientos cincuenta y cinco

Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
...
eran tan diferente era verde
...
y qué optimismo tener la ventanilla
sentirse dueño de la calle que baja
jugar con los números de las puertas cerradas
y apostar consigo mismo en términos severos
...
absolutamente verde y con tranvías
y el Prado con caminos de hojas secas
y el olor a eucaliptus y a temprano
                                                                                                   
"Dactilógrafo"

                                                                               La nostalgia se escurre de los libros
                                                                                  se introduce debajo de la piel
                                                                                  y esta ciudad sin párpados
                                                                                   este país que nunca sueña
                                                                              de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire...
                                                                                           
"Noción de patria"
     
Mario Benedetti 



domingo, 16 de septiembre de 2012

El Sur de Borges


por Federico Guerra
Semanario Lo Más Regional de Lomas de Zamora
Lunes 2 de mayo de 2005 
Edición número 10 - Año 1

Se trata del almacén Santa Rita que fue construido hacia 1870 en la confluencia del Camino Real y el Camino de las Tropas (hoy Quintana y De La Peña) y funcionaba como almacén de ramos generales y despacho de bebidas. ¿Allí Borges escribió El Sur?

Eran tiempos difíciles aquellos de fines de siglo XIX cuando el barro era una constante en las calles de Adrogué debido a inviernos lluviosos que hacían de las huellas polvorientas lagunas inciertas y difíciles para el acceso. Y era ahí, justamente cuando empezaba la labor interminable de los dueños de los almacenes de ramos generales que látigo en mano arriba del caballo hacían malabares para ganarle a la rigurosidad del clima.

Hoy en Adrogué, Quintana y De La Peña, fluye aún viva una esquina que lleva en su esencia ese sabor a campo traviesa e irradia con sus recuerdos olores a nostalgia de tiempos lejanos y de suburbio malevo.
En ese lugar se filmó la película "De eso no se habla" de María Luisa Bemberg y pasaron figuras como Marcelo Mastroiani, Joan Manuel Serrat, Luisina Brando.
Actualmente funciona como restaurante.
Es una esquina donde las anécdotas se han multiplicado en aquellos años de calles de barro y casas estilo chorizo, a lo largo.
Un almacén de ramos generales era lo que se erigía entre esos ladrillos a la vista que hoy cualquier visitante ve como una casona de antaño. Esta edificación tiene una historia particular que se ha gestado en 1870 cuando por ese tiempo confluían el Camino Real y el de Las Tropas (actuales avenida Hipólito Yrigoyen y avenida General Frías ). Confluencia aquella ganada por la geografía desnuda que hacía ver las distancias más cercanas.
De conchilla y sin revoque, esa estructura era punto de copas, cuentos y duelos borgeanos.
En 1924 el lugar tomó forma de bar y cuentan que Jorge Luis Borges inspiró de ese aire para poder escribir algún que otro cuento de malevos y cuadreros... como El Sur.
Allí se compraba de todo y quienes venían del campo traían sus listas en las que detallaban los víveres que se necesitaban todo el mes.
Y en ese reducto, a veces bravo, el almacenero hacía los paquetes mientras una grapa en esas mesas sin manteles era la compañía ideal junto a una charla con otros hombres que deambulaban por el local. Así se completaba la escenografía del almacén de ramos generales.
Páramos despoblados que según papeles amarillentos recién comenzaron a consolidarse como urbanos hacia la década del '40 del siglo pasado. Una gacetilla de remate de 1943 de la empresa Rufino de Elizalde & Compañía ofrecía en Adrogué, F.C.S., al lado de la estación Turdera, 189 lotes y una casa quinta con calles afirmadas pagas.
Tiempos donde todo se vendía suelto: desde el aceite hasta el vino. El azúcar se despachaba en papel madera y la yerba, también al peso.
Un trato amable entre el almacenero y el cliente era lo que amigaba al comprador y vendedor en esos años de casas sin ochavas con palenques para atar los caballos en la puerta de cada almacén.Distinta era esa comunicación a la que hoy se respira en las grandes tiendas y supermercados.
Así era la vida de aquellos años: distinta, de a caballo y con compras que se hacían en un solo lugar: el almacén de ramos generales.

Click aquí por El Sur de Borges 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Al maestro


Mucho gusto
Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio, como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis; luego, de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir.-No crea que es algo tan estupendo -dijo el Flaco-, también hay momentos de profundo desamparo en lo que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos, no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mí es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que lo vas a quemar, y me lo juró.
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
-Oiga, don -dijo sin pestañear-, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio -y le tendió la mano.
-Mucho gusto -dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos-, Franz Kafka, para servirle.











Mario Benedetti

lunes, 10 de septiembre de 2012

Cees Nooteboom

"Así pudo ser poesía selecta"
Fernando García de la Banda - 2003


Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de los más importantes y originales escritores en lengua neerlandesa, y ha sido traducido a innumerables lenguas. Es también junto con su compatriota Harry Mulisch y el belga flamenco Hugo Claus, uno de los más conocidos en España, país por el que siempre ha sentido una atracción especial, y en donde sus libros desde principios de los años noventa han llegado cada vez más al gran público.
Su primera novela El paraíso está aquí al lado (1955), inspirada en un viaje en auto-stop por toda Europa, fue el principio de la unión entre literatura y viaje que le ha acompañado toda su vida: el viaje como inspiración literaria y también como experiencia interior que no tiene límite. Desde entonces ha seguido viajando por todo el mundo, trabajando como periodista y escritor, y viviendo en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania, el país donde su obra es más conocida y valorada, y donde prácticamente se ha convertido en una figura pública. Nooteboom es autor de novelas, ensayos, poesía y libros de viaje (género en el que es pionero en Holanda), y traductor de poesía española, catalana, francesa y alemana, y de teatro americano.
Este escritor preocupado por el europeísmo y los nacionalismos, no se siente especialmente neerlandés sino una especie de ciudadano del mundo, con marcadas raíces europeas, que le han valido el apelativo de europeo nato por su compromiso con el ideal de un europeísmo respetuoso con la identidad de los distintos pueblos. Su interés por el presente le ha llevado a vivir en primera persona acontecimientos históricos como los de Hungría en 1956 París en 1968 y Berlín en 1989. Y ha dejado constancia de ellos en sus ensayos y escritos periodísticos, con un estilo, una visión personal, y un interés por el detalle que hacen que sus crónicas vayan más allá del periodismo.
Gran parte de su obra en prosa ha sido traducida al español. Rituales (1980), que fue la novela que lo consagró en su país natal, pero el que más contribuyó a su popularidad en España fue El desvío a Santiago (1992), un ensayo que muestra su relación de más de cuarenta años con España. En este libro que es a la vez una erudita guía de viajes y un autorretrato melancólico, logró concentrar el autor todo su conocimiento y fascinación por España. El día de todas las ánimas (1998) es su última novela y la que considera más ambiciosa, y Hotel Nómada (2002) una fantástica recopilación de artículos y relatos de viaje sobre sus experiencias de periodista y viajero en lugares como Gambia, Mali, El Sahara, Bolvia o México. 
Otras novelas traducidas al español son : En las montañas de Holanda (1984), y las novelas cortas Una canción del ser y la apariencia (1981) ¡Mokusei! (1982), El buda tras la empalizada (1986) y La historia siguiente (1991).
La poesía de Cees Nooteboom, como toda su obra, se caracteriza por cierto distanciamiento. Su mirada es la del espectador, un viajero que se detiene a contemplar el mundo, desde la incertidumbre y la admiración, para luego continuar su camino. Es una poesía, por tanto, reflexiva, filosófica, contemplativa: de nuevo el viaje es interior. En ella encontramos el culturalismo no exhibicionista de un hombre que declara tener un respeto sagrado por el conocimiento, pero sin pretensiones de erudición, y también se aprecia la huella profunda de oriente, que se manifiesta en el anhelo -evidentemente frustrado- de abandonar la razón y sus abstracciones, e incluso el propio yo (véase yo) en cierto esencialismo formal, y en una tendencia a la composición al modo de los paisajes japoneses, con colores muy vivos, elementos planos y muy marcados, sin artificios, con delicada elegancia, pero también con toda la fuerza de la naturaleza.
La temática tiempo muerte, el desgaste inevitable de todo, es probablemente el eje central de una obra que presenta otros temas que la atraviesan: los dualismos (realidad apariencia, presencia ausencia ser no ser) la indagación meta poética, un sentido casi místico de la visión, en donde el ojo interior nos convierte en dioses, y el rechazo a un mundo caótico y banal, como un ermitaño de la palabra.
Su poética se encuentra resumida en Cebo: la poesía nunca puede tratar de mí, ni yo de la poesía. Yo estoy solo, el poema está solo, y el resto es de los gusanos.
Sus imágenes son materiales, a menudo elementos de la propia naturaleza (fuego, agua, rocas, sol y nieve), y también sus metáforas, que se perciben por los sentidos, parecen querer huir de toda abstracción. La fuerza de su poesía se apoya en la sonoridad de la versificación rítmica germánica, en leves asonancias o aliteraciones y en la propia materialidad de las palabras, que él prefiere todo lo concretas que sea posible. A esto hay que añadir una preferencia marcada por las palabras agudas al final de verso, y sobre todo como cierre del poema, lo que en sus propias palabras produce un efecto de látigo.

Borges 
A una moneda

Río de la Plata, la tormenta
azota el agua. Tú que aún puedes ver
escribes la ciudad que desaparece en el nombre 
de sus letras, la desembocadura
el océano. Viaje de invierno del poeta.

Pero ¿qué te sucede?
¿Cuál de todas tus almas 
saca ahora de tu bolsillo esa moneda
y la arroja desde la cubierta más alta,
un destello
en el negro de las olas?

¿O acaso no eras tú, de nuevo,
sino ese otro llamado también Borges
el doble en el espejo 
del poema soñado?

Dos veces, dices, añadiste algo
a la historia del planeta,
dos series interminables, paralelas
y tal vez infinitas,

tu existencia, y la de esa mísera moneda
que allí en lo más hondo de las profundidades
comienza ahora la progresión mágica 
del consumirse
aunque no lo sabe.

Tú sí, por eso estás celoso
y feliz. Tu júbilo secreto fue
penetrar en el destino. Retorno,
infinitud, fábulas con las que jugar.

Así arrojaste tu obra
al tiempo,
palabras, un día empezadas como nada,
como pensamiento, como frase, como poema
escritura transformada en libro
de mármol, y luego hundiéndose
perdida, corroída
por mil ojos aún no nacidos,
otra vez convertida en palabras sin poeta,
y más aún,
letras en la piedra más y más ilegibles,
susurro de fragmentos,
el eco enigmático
de un tiempo prehistórico,

hasta esa única y última 
redención,

alcanzada
ausencia.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El taller literario de cinco minutos




El único taller literario al que fui duró cinco minutos, yo tenía dieciseis años. Había escrito un cuento larguísimo que se llamaba "El último poeta". Y fui a léerselo a un viejo, muy raro y muy sabio, que vivía en San Pedro, Bosio Arnaes, que parecía un búho. Había escrito una novela inmensa sobre los isleños. Una de las últimas veces que lo vi estaba estudiando ruso para leer a Dostoievski en ruso; la última, casi ciego, lo estaba leyendo en ruso. Recuerdo su mesa llena de papeles y de mapamundis. Lo que voy a decir ahora ya lo conté muchas veces, y hasta lo escribí, pero ya que estoy lo vuelvo a contar. A la gente le gusta que le cuenten siempre lo mismo, por eso existe la literatura. La cosa es que voy a la casa de Bosio Arnaes y le leo el principio de mi cuento, que empezaba así: "Por el sendero venía avanzando, el viejecillo". Y fue todo lo que leí, porque me paró y me dijo: "¿Por qué sendero y no camino? ¿Por qué en lugar de 'avanzando' no ponemos 'caminando'? La gente no avanza, camina. ¿Por qué 'viejecillo' y no 'viejito' o 'viejo' o 'anciano'? ¿Por qué 'el' viejecillo y no 'un' viejecillo, dado que no conocíamos el personaje?" Y cuando yo ya pensaba que era imposible cometer tantos errores en una frase tan corta, me preguntó por qué no lo había escrito, por lo menos en el sentido gramatical lógico: "El viejecillo venía avanzando por el sendero". Yo era muy joven y arrogante, mi única respuesta fue "porque ese es mi estilo, señor". El viejo me miró largo y dijo: "Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir". Ese fue mi único taller literario, cinco minutos de duración. Desde entonces creo que corregir es un trabajo de humildad, arriesgarse a descubrir que aquello que escribiste puede no ser estupendo sino más bien un mamarracho.

Abelardo Castillo

domingo, 26 de agosto de 2012

Cortázar por ellos



26 de agosto de 1914/26 de agosto de 2012

Con un solo brazo nos abrazaba a los dos. El brazo era larguísimo, como antes, pero todo el resto se había reducido mucho, y por eso Helena lo soñaba con desconfianza, entre creyendo y no creyendo. Julio Cortázar explicaba que había podido resucitar gracias a una máquina japonesa, que era una máquina muy buena pero que todavía estaba en fase de experimentación, y que por error la máquina lo habia dejado enano.
  Julio contaba que las emociones de los vivos llegan a los muertos como si fueran cartas, y que él había querido volver a la vida por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado. Además, decía, estar muerto es una cosa que aburre. Julio decía que andaba con ganas de escribir algún cuento sobre eso.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.

Abelardo Castillo, Ser escritor.

   Mi relación con Julio Cortázar empieza en el año 1960: acababa de salir Las armas secretas, libro que leí en un tren en un viaje a San Pedro. Lo leí de un tirón y, cuando lo terminé, estaba convencido de haber descubierto al mayor cuentista argentino. Cortázar en esa época era un desconocido, aunque ya había publicado algunos libros, allá por los años cincuenta. De vuelta en Buenos Aires escribí en El grillo de papel una nota sobre el libro, donde ponía a Cortázar, como cuentista, por encima de Borges, descubría que las iniciales Ch. P. de "El perseguidor" eran las de Charlie Parker -hasta ese momento nadie había notado que ese relato no es una invención sino que está basado en una biografía de Parker-, sostenía que Cortázar terminaría por escribir novelas, y sobre todo señalaba, no sin pedantería, que el final del cuento "Las armas secretas" me parecía imperfecto. Al poco tiempo recibo una carta de Cortázar, la primera de una larga serie de cartas, donde decía que lamentaba no poder encontrarse conmigo, porque ya estaba con un pie en el avión, pero que había leído esa crítica y nos agradecía haberla publicado. Cortázar era más de veinte años mayor que todos nosotros y nos hablaba como si tuviera nuestra edad. Decía -son palabras de Cortázar-: "le voy a certificar unos pálpitos"; en efecto el protagonista de "El perseguidor" era Charlie Parker, aunque nadie se había dado cuenta; en efecto, estaba escribiendo una novela; en efecto, el cuento "Las armas secretas" le había costado mucho trabajo, no lo consideraba resuelto y nunca había sabido cómo terminarlo. En El grillo de papel, y luego en El escarabajo de Oro, aprovechamos a mansalva esa carta. Le escribimos a París y lo primero que hicimos fue pedirle un cuento inédito, que nos mandó. En realidad, nos mandó dos. Uno de ellos era "Continuidad de los parques". Después tuvimos el cuidado, deliberadamente tardío, de explicarle que éramos una revista de izquierda. Sabíamos que el trabajaba en la Unesco y que había publicado en Sur. Le proponíamos ser nuestro colaborador permanente. Nos mandó otra carta diciéndonos que el hecho de que fuéramos una publicación de izquierda se la hacía más leíble; también recuerdo que no escribió "legible", sino "leíble", y a partir de ese momento, hasta el último número, formó parte de nuestra revista.
    Esa amistad -o lo que fuera- con Cortázar, duró literalmente hasta su muerte, no sin algunas discusiones intermedias. Cuando apareció Rayuela le criticamos el injerto de la teoría de la novela dentro de la novela; incluso le hice una broma, en una carta, sugiriéndole que la próxima edición la hiciera en lata, porque de tanto ir de atrás para adelante el libro se rompía todo, a menos que su estructura fuera una especie de negocio para que uno tuviera que comprar dos ejemplares.
    Hacia 1973 lo conocí personalmente de la manera más insospechada y curiosa. Una mañana, a eso de las nueve y media, me llaman por teléfono; alguien me pregunta si habla con la casa de Castillo y yo le digo que sí, en muy mal tono porque estaba medio dormido, a las nueve y media de la mañana (quizá me había acostado hacía dos horas). La voz me dice: "Le habla Julio Cortázar." Y yo le respondo, con absoluta indiferencia: "Ah, sí, que bien." Esto sólo es explicable por esa manía, tan nacional, de sospechar que, si una voz dice que nos llama Julio Cortázar, se trata de una broma. Supuse que era algún amigo sampedrino que, cuando me oyera contestar: "¡Ah, Cortázar!, cómo le va, qué sorpresa", me iba a decir: "Así que a Cortázar lo atendés y con nosotros te hacés el raro..." La voz, un poco cortada, me dice: "¿Pero, hablo con la casa de Abelardo Castillo?", y en el "pero" y en la palabra "Abelardo" noté el gangoseo típico de Cortázar, que pronunciaba la "r" a la francesa, no por amaneramiento o por hacerse el francés, sino porque tenía frenillo. No podían ser mis amigos de San Pedro, quienes, hablando en general, no son lingüistas tan refinados como para reparar en esos detalles. Le digo: "Pero, ¿quién habla?" "Cortázar", me dice Cortázar. Volví a notar la "r" afrancesada y le dije: "Perdóneme, Cortázar, estoy medio dormido, me acuesto muy tarde, estoy durmiendo con mi novia...", qué sé yo qué disparates. El hecho es que quería conocernos, es decir, conocer a los integrantes de El escarabajo de Oro. Recuerdo que me pidió que no hubiera demasiada gente, porque los argentinos hablábamos muy alto y en Buenos Aires hay mucho ruido y él ya estaba desacostumbrado a nuestros decibeles. Sylvia siempre recuerda esa mañana porque ella tendría veintidós años, y, cuando yo le comenté a Cortázar que estaba durmiendo con mi novia, él dijo: "No hay nada más lindo que dormir con la novia." Cortázar vino a mi casa esa tarde. Cuando lo atiende Sylvia, que le llegaba literalmente a las costillas flotantes -Cortázar era un hombre altísimo-, estábamos oyendo jazz, a Charlie Parker, pero por pura casualidad. Estaba encendida la radio, no era un disco nuestro. Supongo que a él le pareció natural. En su literatura se nota que esos pequeños milagros le parecían naturales.
Más tarde llegaron Liliana Heker, Bernardo Jobson, Daniel Freidenberg, uno o dos más. Lo que nos asombró ese día fue no encontrar en Cortázar el humos de sus libros, el de Cronopios o de algunos capítulos de Rayuela. Era un alto señor muy serio, casi circunspecto, muy tímido, que hablaba en voz baja y, cuando se reía, se tapaba la boca con la mano. No habló mal de ningún escritor argentino, cosa muy rara entre escritores argentinos, aunque yo creo que, en parte, lo hacía por astucia, no por las mismas razones por las que Marechal nunca hablaba mal de nadie. Cortázar se cuidaba un poco, por su condición de argentino a medias. Era ambiguo y querible, sobre todo muy querible para las mujeres: una combinación rarísima de gigante y de huérfano. En esa época, en el 73, tenía unos sesenta años, barba absolutamente negra, pelo negro y tupido; parecía un hombre de treinta años que se ha dejado la barba para parecer mayor. Hasta que nos reencontramos, esa misma noche o alguna otra, no lo oímos reír. Estaba entusiasmado por recorrer "el barrio de los piringundines", en la calle 25 de Mayo, y nadie se animaba a decirle que a estas alturas ya no había tantos piringundines como él recordaba, pero igual nos fuimos a caminar por la calle 25 de Mayo, por Alem, a tomar vino y a comer en algún bodegón del Bajo. Y ahí apareció el verdadero Cortázar. Después de unos vasos de vino, el humor de Cortázar era irrefrenable. Estaba hecho de cosas mínimas como las que a veces pone en sus libros. Contó una minihistoria inolvidable. No sé si en Villa Crespo o en Flores, o tal vez en alguno de los pueblos donde vivió, había una profesora de teoría y solfeo, una de esas señoritas mayores un poco patéticas, que tenía unas tarjetitas donde decía: Fulana de Tal, Profesora de Piano, Teoría y Solfeo, y abajo, en letra muy chiquita, csi invisible: Se vende un arpa usada. Exactamente lo que le hubiera gustado encontrar a Oliveira.
    Hacia 1960, yo le había enviado a París mi cuento "Historia para un tal Gaido", en el mismo momento en que él nos mandaba "Continuidad de los parques": se cruzaron en el camino. En el cuento de Cortázar, el personaje de una novela mata al lector; en el mío, al autor. Le fascinaban estos cruces. Con Bioy Casares le sucedió algo parecido: escribieron una o dos veces el mismo cuento. Claro que, siendo argentino, lo asombroso sería no volver a escribir un cuento de Bioy o de Cortázar.
   La última vez que hablé con él fue muy poco antes de su muerte. En mitad de esta relación hubo una polémica muy amarga sobre el exilio durante la dictadura militar. Cortázar llegó a sostener que todos los escritores que tenían algo que decir debían irse a París. Lo propuso textualmente. nosotros le respondimos en El ornitorrinco -el texto lo escribió Liliana Heker, pero puedo decir nosotros, porque ella respondía por todos-, recordándole que en la Argentina todavía estaban las Madres de Plaza de Mayo, los obreros que no habían podido exiliarse ni lo pensaban; que aparecían, si uno corría el riesgo de editarlas, unas cuantas revistas literarias no oficiales; que el mero hecho de vivir en París no garantizaba la buena conciencia de nadie; y, sobre todo, que ya se había dado un fenómeno que a Cortázar se le había pasado por alto, Teatro Abierto, que fue prácticamente un acto masivo de rebeldía cultural contra la dictadura. Muchos revolucionarios estratosféricos se molestaron con nuestra revista por haber discutido con Cortázar, porque, en esos años, disentir con él era como desautorizar al Papa. Cortázar no contestó; aceptó esas razones, vale decir, nos confirmó su aceptación tácita. Pero, además, la última vez que vino a la Argentina, antes de morir -la visita famosa que ahora todos recuerdan porque no lo invitó Alfonsín-, volvió a llamar por teléfono para decirme que teníamos razón, y que pusiera el televisor esa noche, ya no sé en qué programa, porque lo diría explícitamente, cosa que efectivamente hizo, y que cuando volviera a Buenos Aires, en unos meses, iba a encontrarse con nosotros, "con mis amigos", dijo. Ya nunca más volvió, a los tres meses había muerto.
En aquellas primeras noches del setenta, le preguntamos sobre Latinoamérica y él dijo con franqueza: "No entiendo mucho de política." O sea, que sus opciones políticas eran viscerales. No quería ser un intelectual, no se sentía un intelectual. Era un hombre comprometido emocionalmente con aquello que creía justo.
Y sobre todo era un escritor. Salvo Borges, y no encuentro otra excepción, no he conocido a nadie tan preocupado por el tema de las palabras. Para Cortázar, las palabras no sólo tenían significado y sonido, sino color y peso. Hablaba del color de las palabras como si fueran una especie desconocida de animalitos que había que amaestrar.
    Cortázar ha dicho que no corregía, o que improvisaba sus cuentos sin saber cómo ni por qué. Es falso, es una pose inocente o una broma para señoritas que venden arpas usadas. Yo recuerdo cartas que acompañaban algún cuento para la revista: "Por favor, los puntos, las comas; revísemelo usted mismo, que lo he corregido tanto..." Cortázar coqueteaba un poco al decir que escribía sus historias sin saber dónde iba. Él, a lo mejor, no lo sabía; pero su inconsciente sí. Esa poética del éxtasis, que profesan los jóvenes tontos, sólo es útil si ya se es Cortázar, si ya se tiene una ciega confianza en que las palabras hablan por nosotros.



martes, 14 de agosto de 2012

La voz del maestro


Estados de ánimo


Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.

Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.

A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires,
te mires al mirarme.


             Chau número tres              

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.


 Viceversa

Tengo miedo de verte

necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte...