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miércoles, 20 de mayo de 2015

Beatriz Helbling


Sucedió así de repente,
en un día no previsto,
un día que no figuraba en nuestro calendario.

Cogiste coraje y me leíste en negativo la frase que dormitaba desde siempre en el doblez de la servilleta.
En la que tanto creíamos.
Y a regañadientes, porque sé que te costaba desprenderte de los momentos que habíamos vivido, me entregaste;
las fotos del último viaje y las del bar en el que cada atardecer brindábamos por lo que éramos,
el libro que aún no habíamos leído, 
el albornoz blanco que envolvía nuestros cuerpos,
aún, con frescura tuyas y mías
y tú última caricia, 
¡pobre de ella!, resistiéndose a perderme.
Yo te dejé
mi segundo más largo detenido en tus labios,
el olor de mi piel entre las sábanas,
el poema que escribí mientras preparaba tu postre preferido,
una lágrima desorientada que se quedó adherida en tu dedo índice 
y un pelllizco de mi tristeza humedeciendo tus pupilas.
En el espejo olvidé mi sombra en fuga
y el temblor de mis manos maquillando el adiós.
Ya ves....te oí decir..... 
“los te quiero” y los “para siempre” acaban rebelándose contra la eternidad.

miércoles, 8 de abril de 2015

Se hacen arreglos, Beatriz Helbling...


Heredò una vieja máquina de coser con la que intentó remendar su corazón desgarrado.
Dicen los que la conocieron que lo consiguió. Luego colgó un cartel en su puerta:“Se hacen arreglos"
Abuela Carmen me lo decía casi siempre, “Esto será lo único que tú heredarás de mí el día que...,susurrando luego otras palabras que ella sabía que a mí no me gustaba escuchar. Era la modista del barrio. Debajo de aquella magnolia que perfumó días de mi infancia yo estudiaba cada uno de los mecánicos movimientos de aquella máquina. El “tric-trac-tric-trac” del pedaleo, los acompasados balanceos de los pies de abuela, el círculo de la negra polea encajada en aquella rueda que con sus giros permitía que el hilo fuera desenrollándose de su carretel y que la aguja subíera y bajara dando pequeños mordiscos al tejido.
A abuela le costaba enhebrar la aguja y todavía recuerdo el sonido de su voz cuando empezaba a quejarse de su decadencia,- “¡Hay mis ojos que ya no ven cómo antes!".
Esas palabras eran para mí la invitación a participar de la magia que ella y su máquina Singer creaban por las tardes, bajo la sombra de la magnolia. Era una agradable tarea, casi un desafiante juego, poder introducir el hilo en el diminuto ojo de la aguja. Y mientras ella cosía, yo abría el pequeño cajón de la derecha, y allí estaban colocados en riguroso orden los carreteles de hilos de una gama maravillosa de colores y las tijeras alineadas de mayor a menor y una cajita pequeña de cartón en donde guardaba las tizas planas y cuadradas de un suave tono gris. Con ellas dibujaba las pinzas que entallaban las prendas, el largo justo del dobladillo, la forma de las solapas, el ancho del canesú y las sisas que encajaban perfectamente luego con la manga. En otro cajón, debajo del primero, guardaba sus dedales y cintas métricas, amarillas y gastadas, con las que yo aprovechaba para medir los progresos de mi altura. Y trabillas y agujas y alfileres pinchadas en la barriga de un osito que ella misma había cosido para que no se extraviaran. Y botones, infinidad de botones multicolores de distintos tamaños que me entretenía en ordenarlos.
¡Cuántas tardes de mi infancia estaban también encajadas entre los engranajes de aquella máquina! Mi asombro crecía cuando veía como cada puntada se enlazaba con la que le precedía y esta a su vez se encadenaba con la siguiente y las diferentes piezas quedaban perfectamente unidas. Y al final me deslumbraba la culminación de aquel trabajo, una primorosa creación hecha sólo con retales, con los mecanismos de su máquina y las hacendosas y curtidas manos de abuela. Luego aquella obra quedaba colgada en una percha, lista para el planchado. Entonces abuela cerraba su máquina, al final de la jornada. Recuerdo mi primer disfraz de mariposa para la fiesta de la escuela, el vestido de mi comunión adornado de alforzas y puntillas, la blusa de plumettí con una transparencia que me hacía reticente a su uso por puros prejuicios de mostrar mis incipientes brotes de una adolescencia que comenzaba a insinuarse.
Aquella curiosidad fue agregando nuevas palabras a mi vocabulario. En el diccionario que papá me había regalado para un cumpleaños buscaba sus definiciones. Y descubrí que esos vocablos, zurcir, sulfilar, hilvanar, remendar, tenían algo común con su vida, unir, corregir, arreglar...cicatrizar sus heridas.
Era ése su objetivo desde siempre, desde que la vida le puso la primera zancadilla y le dejó el corazón malherido. Aún así, casi desde lo imposible, fue dando puntadas, una tras otra, como su máquina, para encadenar un día con el siguiente en el esfuerzo por conseguir que su vida y la de aquellos que formaban su mundo jamás se deshilvanaran.
La dueña de la máquina se marchó para siempre una mañana de verano y con ella también momentos de mi infancia cosidos bajo la sombra de aquella magnolia. Y me dejó para siempre su ternura entre los engranajes de esta máquina de coser “Singer” y la aguja enhebrada para que hoy sea yo quien siga "creando" puntadas que encadenen ilusiones.
Sí, yo he heredado su vieja máquina, tal como me lo había prometido. Espero haber puesto un buen hilo para que mis mis días no se deshilachen. Acaso alguna vez necesite como ella remendar mi corazón. 
Luego, tal vez, cuelgue también, el cartel de “SE HACEN ARREGLOS”
*beatriz* 2006 

lunes, 6 de abril de 2015

Beatriz Hebling, poesía y prosa.


abrigo tu ausencia 
con mi insomnio 
en esta habitación 
de paredes azules
...y existes
en el silencio del teclado
del piano que te aguarda,
entre las hojas
del libro de Quignard
donde aún sueña tu asombro,
... y te presiento
sobre el desierto de las sábanas
donde la sombra de tu cuerpo 
enardecida
sigue enlazada a a la mía
untándome la piel, 
...y te imagino
adormecido
suspendido de mi 
como un racimo de uvas
en esta habitación 
de fuegos y de escarchas
...y escribo
a la luz del candil
y nacen los versos
que nunca te hube dicho
nacen
antes que todo se pierda 
en los pasillos del olvido
antes que me traspase el dolor
antes que en la estación anuncien 
la llegada del último tren 
y no regreses.
*beatriz"

Se buscaban siempre entre los tenderetes del mercadillo del pueblo.
Ristras de ajos colgando desde el cielo en el puesto de la gitanilla; frutos secos, afrodisíacos, pájaros de mal agüero y velas de la suerte en el almacén del brujo; sedas y linos para enfundar cuerpos de bellas damas que desfilaban por la tienda de la niña del pueblo; antiguas lámparas maravillosas y mágicas; hermosos donceles de bronces que alumbraron largas noches de lunas durmientes y placeres satisfechos. Y pócimas milagrosas para amores imposibles, brebajes para el desamor.
Y ella entre los pasillos.
Ella que esperaba oculta entre el colorido y el bullicio de la feria.
Ella rezando ante su virgen para que las horas se encogieran como los algodones de la tienda del turco.
Ella ansiando que llegara el día señalado en el calendario y que cubría con pañuelos de gasa para no despertar suspicacias, para que su virgen no la considerara una pecadora.Ella,. que esperaba ardiente el día miércoles.
Adornaba su cuerpo con fina lencería de estampado felino, pintaba sus labios con tinta de rosas exprimidas, se perfumaba con la esencia que destilaban las ramas de lavanda que también vendía la gitanilla. Sujetaba su melena con racimo de flores secas, y en los espejos desgastados de aquella chacarita se miraba. Estaba hermosa. Era hermosa
Y él llegaba aquel día. Caminaba entre las sombras de los pasillos de la feria.La presentía.Llevaba sus bolsillos cargados de sílabas adormecidas, de verbos no conjugados, de pronombres detenidos en el tú y yo, de adjetivos desorientados ansiando el instante de encontrar aquel cuerpo y acariciarlo con versos. Amarlo. Gozarlo. 
Nunca nadie supo de sus encuentros. Tampoco dejaron huellas los amantes. Sólo cuentan los sabedores de historias, que allí justo un miércoles, nacíó la poesía
* beatriz* 2007.

lunes, 30 de marzo de 2015

Tedio, Beatriz Helbling


...su sombra apareció por el pasillo. Creí verlo caminando por un túnel en el que el sonido de sus pasos, me parecía, iban en dirección contraria. Se alejaba. Miré el reloj que colgaba de la pared y tuve la sensación de que las agujas giraban al revés, desandaban el tiempo. Todo retrocedía. Y me vi, como en un espejo, siendo otra, siendo la que no había sido. La que hubiera querido ser. Siempre. Él estaba allí, yo lo veía frente a mí. 
Pensaba...si te hubieras dado cuenta de que había empezado a no extrañar el beso que me dabas cada mañana cuando me marchaba al trabajo, ni echaba de menos tu cara asomada en la ventana presintiendo mi regreso que me iba olvidando de tu mano acomodándome el mechón de pelo que caía sobre mi frente que ya no me detenía en tus olores,... ay... tus olores sabes me resulta increíble el que no recuerde la fragancia de tu perfume, mira que me gustaba olerte no sé si aún lo usas pero yo ya no lo percibo si hasta se me fue borrando el color de tus ojos, la manera en que me mirabas, el tacto de tus dedos recorriendo todos y cada uno de los poros de mi piel. No quiero que te sientas culpable, sé que tú no te dabas cuenta, claro que no, porque tus ojos se fueron programando para descubrir una mancha de grasa una cortina desplanchada las arrugas de la sábana. Qué pena, mira que me gustaba ver la cama deshecha y sentir el olor de nuestras noches y tu ropa desparramada por el suelo, y tu cuerpo relajado entregado, y el mantel con restos de nuestras cenas con copas vacías y escucharte serena regalándonos tiempo, pero no tú no te dabas cuenta y tu tiempo fue restando segundos a las caricias, a los placeres, a nuestro tiempo... Sí, entiéndeme, al que nos pertenecía porque nos lo habíamos prometido, y tú lo fuiste convirtiendo en un reloj detenido en obligaciones y nos fuimos asfixiando en este destiempo de indiferencias, de distancias, y sin embargo créeme por nuestros hijos, te lo juro, yo seguiré recordando toda mi vida a esa mujer a la que quise mucho, a esa mujer que ya no reconozco y que ahora que la miro y le confieso lo que ya no siento es casi para mi un deber agradecérselo porque esta confesión que es dolorosa me cuesta mucho menos decírselo a una mujer desconocida... y me miraba a los ojos, con una serena manera de hipnotizar mi confusión. Quise huir, abandonar todo lo que pudiera asomarme a su imagen y a la mía juntos, huir del ahora, del mañana, huir de los días venideros, huir del resto de mi vida, pero esa mirada suya me había paralizado, y allí, en esa inmovilidad, se fue silenciando aquel eco de una voz que traspasaba el túnel por donde yo lo vi caminar con los pasos invertidos. 
En el espejo de la habitación se reflejaba el asombro en sus ojos y el antepréterito de un tiempo traspasando los cristales. También la imagen de la mujer que él hubo querido. 
*beatriz* 2007

sábado, 28 de marzo de 2015

Beatriz Helbling, Desde mis ventanas


Desde mis ventanas
despierta el día
me despierta

¿quién pinta la belleza 
de mis cielos?

las golondrinas
danzan
rozando los colores

las mariposas
aspiran aromas 
de acuarelas

el rosal 
insinúa el estallido
de sus pétalos

y vestido de negro
el mirlo es un tenor
oculto entre los álamos

... en la distancia
el mar aún
acuna sus azules

y me despierta la magia
la luz, 
el desconcierto,

y el asombro, 
traspasa mi mirada

¿quien pinta la belleza de la vida?
¿quién escribe el pentagrama 
donde nace la música del día?

Dímelo poeta
sólo tú lo sabes.

*Beatriz*

martes, 24 de marzo de 2015

Beatriz Helbling: Érase una vez...


Érase una vez 
un tiempo de acuarelas...

Sentía deseos de salir a la calle, de sentirme distinta, de cambiar de peinado y oler a fragancia nueva. Tenía ganas de vestirme de verde. 
Y busqué en aquel armario en el que aún guardaba vestidos de mamá. Quería encontrar uno de color verde, tan verde como el de las hojas del jacarandá que adornaba el patio de mi infancia y me anunciaba la primavera cuando aún no había echado sus flores violetas. Y mientras removía aquel viejo ropero descubrí una caja de madera atada con una cinta de raso .. La caja había pertenecido a ella. Desaté el lazo que la envolvía y luego de acariciar su textura, veteada en ocres y marrones, la abrí. Allí fue apareciendo, entre asombros, el mundo que mi madre había guardado para mí. La mañana era luminosa y los colores de esos objetos que aparecían en la caja iban traspasando mi retina. Eran los colores de mis días. De mis andaduras. Colores de gélidas mañanas en aquella cocina pintada de blanco por las manos de mi padre, de carbones encendiéndose en el bracero y de llamas rojizas y naranjas que entibiaban el frío de la humildad y de aquel humo gris que parecía retener el instante en una fotografía en blanco y negro. Colores de amaneceres con olor a pan tostado, de mermelada de fresa, de leche con chocolate caliente, de días de lluvia y barro, de pies mojados y zapatos rotos difíciles de reemplazar. Colores de abrazos y miradas y de soles y de girasoles y de batas blanca almidonada y de paisajes que ya había olvidado y que re descubría en esa caja de madera guardada por mi madre. Allí estaban, ordenadas por fecha, antiguas tarjetas de navidad en las que me imaginaba entonces corriendo por aquella blancura de la nieve tan deseada por mí y tan desconocida; fotos de viajes en familia y en ellas, detenidos, todos los azules de todos los cielos de todos los amaneceres y atardeceres juntos... aún.; un libro y entre sus páginas una ramita seca de lavanda y la delicadeza de un aroma que era para mí el olor del amor y el malva de su flor el color de un "para siempre ; una carta con la transparencia de la adolescencia y un ”Te quiero hasta el fin del mundo” que asociaba entonces a aquel amor incipiente con la eternidad. Busqué su firma y descubrí que no la había puesto. Supuse que era la metáfora de aquellos temores a la desnudez. A los atrevimientos que anunciaban lo aún no conocido.
En un rincón de la caja y apenas visible, tal vez negándome la posibilidad de una lágrima, estaba mi primer cuaderno de tapas marrones y hojas lisas, quebradas y amarillentas, en donde unas ilegibles palabras parecían escritas en los peldaños de una escalera invisible. Las letras subían y bajaban en un desesperado esfuerzo por decir algo. Tal vez porque en la infancia los días no son horizontales y los desequilibrios, todavía, no acobardan. O porque la pureza de la inocencia acepta como un entretenido juego de esfuerzo aquellos tambaleos que en la madurez nos hacen sentir tan vulnerables
Guardé otra vez la caja en el armario. Me puse el vestido verde, até mi pelo con el lazo de raso que durante tantos años mantuvo recogido mis momentos. Me perfumé con una esencia que olía a naranjas recién cortadas y a mis siestas de primavera. Junto a ti. Y pinté con rubor rosa mis mejillas. 
Salí a la calle y sentí que conmigo iban todos los colores de la vida. De mi vida. Era yo y la que fui. 
Y no éramos distintas.
.
"beatriz"

miércoles, 11 de marzo de 2015

Dos poemas, Beatriz Helbling

Rota
rota,
estoy rota
deshecha
carcomida
soy sólo restos,
trozos de mí,
desperdigados
por los rincones
de este largo invierno
mas aún
con este dolor
de cuerpo desarmado
examino
el puzzle que lo habita
he de rearmarlo
volver a ser
y palparme.
Y palparte
Existir
* beatriz*

La nada
a qué huele la nada 
qué color la define 
qué adjetivo la adorna
qué verbo la acompaña,
qué mirada retiene 
su esencia indefinida,
qué sombra la persigue
qué noche la conjuga
qué sonido la nombra
dónde habitan sus letras
¿dónde muere la nada?


(anoche,
en mi desvelo,
la he presentido
rozando mi soledad
se adormecía
sobre la almohada)

*beatriz*

sábado, 7 de marzo de 2015

El río, Beatriz Helbling


El río que veo
no existe...
y en su oquedad 
es otro el río que percibo
otra la corriente
sobre la que descubro
tu cuerpo
enraizado en sus márgenes
sediento
de leyendas nuevas,
y veo ojos de pájaros
y alas abiertas
y ramas huérfanas
arañando verdores
y juncos heridos de sol
buscando caricias
en los rizos del agua
y en su lecho
veo sílabas de arena
inmortalizando el tiempo
veo sombras, silencios,
gozos,
y navego en una barca
de sueños azules
y en el aire se oye
un rumor de verbos
fugaces, frágiles,
que nacen y mueren
en un parpadeo
como el río que he visto
y que nunca existió.

* beatriz*

jueves, 5 de marzo de 2015

Prosa poética, Beatriz Helbling


Aromas de lavandas

A Beatriz le gustaba mirar el jardín cuando se despertaba. Cuando aún jugaban las gotas de rocío sobre las hojas, cuando se deslizaban lentamente algunas y otras caían sobre las ramas que se iban vaciando de verde. Ella corría hacia un costado las finas cortinas que permitían la entrada del amanecer y observaba como el otoño iba desnudando las flores sin piedad.
Escuchaba música clásica mientras repasaba los sueños nocturnos y se abandonaba a ese estado de placidez que sobreviene tras los primeros instantes de la vigilia.
Su madre, en la cocina preparaba el desayuno. Olía a café la casa. Y a jabones frescos de duchas recientes. Y a lavandas
Beatriz esperaba su llamada
-Hija, el desayuno está listo- y ella con un perezoso ¡ya voy!, se desplazaba por el pasillo .
La repetición de esta ceremonia no le deparaba ninguna sorpresa, la imagen era siempre la misma. Su madre con la bata azul, el rosario sobre la mesa, la canasta de mimbre con frutas frescas de la época y las viejas tazas de loza china, esperando el café caliente. Y ella, mientras, se distraía observando la originalidad en el grabado de esas tazas, hecho con finos pinceles y tintas rojas que enlazaban damas con pamelas y racimos de flores.
-Regalo de papá - decía su madre, cuando percibía su curiosidad, mientras arrimaba la silla de asiento mullido en la que solía sentarse su padre hacia la cabecera de la mesa y sobre ella colocaba la taza vacía en la que él bebió siempre su té de poleo.
Nunca pudo convencer a su madre de que su actitud era innecesaria, que igual lo recordaban.
La gata, a sus pies, comía las migas del panecillo untado de manteca que caían al suelo. Él la había acostumbrado.
Y rezaban antes de sorber su café.
Una mañana faltaron en el jarrón aquella flores lilas con las que decoraba a diario la mesa. Era lo único que diferenciaba aquel desayuno al de otros días.
No has puesto flores, mamá- le dijo
Ella no contestó. La miró con una tímida sonrisa, tal vez, así lo creyó Beatriz, porque percibió su crónica alergia de entretiempos
Recogió la mesa y con pasos cansinos y la curvatura de su espalda dibujando la línea descendente de la vida salió al jardín. Al regresar le acarició la frente, la besó y le dijo:
-Hija, guarda por siempre esta ramita de lavandas, con el tiempo verás otra vez estos momentos, la luz que ilumina esta sala, olerás el aroma del café y la fragancias de estas flores.
- Y me recordarás- agregó- y la introdujo entre las páginas del libro que Beatriz leía.
-Sabes- continuó- los recuerdos surgen a veces desde la soledad de una silla, desde una taza de café vacía, o de una simple flor guardada en un libro.

Era la última noche del año.
Beatriz oía las voces de sus hijos que la llamaban para el brindis
Cerró el libro y lo guardó otra vez en la vieja biblioteca. Secó una lágrima que corría por su mejilla.
Allí estaba, aún, aquella ramita lila descolorida con el tiempo,
En la sala olía a café, a lavanda, a infancia Y a beso de madre.. Y sonrió.
.
*beatriz*
imagen: Rossina Salcedo

Mío


Bámbola conocía mis secretos, mis gustos, mis aficiones y mis debilidades. Éramos amigas desde muy niñas. Solíamos sentarnos en el patio de su casa y la tarde  se nos iba casi sin darnos cuenta hasta que su madre nos avisaba que llegaba la hora de la cena. Hablábamos, mucho, y nos gustaba recrearnos en las novelas o cuentos que a esa edad nos deslumbraban. Ella me observaba cuando al entrar en el despacho de su padre, un notario muy ilustrado,  mi mirada deambulaba por las estanterías de la biblioteca que cubrían las paredes de aquel salón. Él también sabía de mi afición por la lectura.
Cumplía por aquel entonces mis doce años y dentro de la modesta economía casera y como hija mayor mis padres hicieron lo imposible por agasajarme con una humilde fiesta.Tías, primas, abuelas, algunas amigas y amigos y compañeras del instituto. Pocas, porque era yo más bien solitaria. Rara, según decía mi madre.
Cada uno de los invitados llegaba con algún regalo envuelto en papel brillante y lazos de colores que yo  abría con ilusión. Un álbum para fotos, un portaretrato, el poster de mi actor favorito, adornos para mi habitación, aros de fantasía, y alguna que otra prenda íntima que mis tías presentían que ya empezaban a serme necesarias.
Bámbola fue la última en darme el suyo. Se acercó,  puso su mano sobre mi hombro, me dio un beso en la mejilla y me lo entregó. Era un sobre, de papel apergaminado, atado con una cinta de raso que enmarcaba los vértices y acababa en un lazo en el centro. Una tarjeta y una dedicatoria: “Con muchísimo cariño y que lo  disfrutes" y un “Feliz cumpleaños” en el borde inferior junto a su firma y a la de su padre. La dedicatoria la había escrito él. Reconocí su letra. Eso para mí ya era un halago. La firma de un hombre sabio. 
Abrí, mas bien rompí aquel sobre, y tuve la sensación de ruborizarme mientras lo descubría. Lo apreté contra mi pecho. Lo abracé. Y aunque el bullicio de la fiesta no había desaparecido, por unos momentos yo me sentí maravillosamente sola, con una sensación de placer hasta entonces desconocida por mí. No había tenido jamás ese sentido de la posesión. El gozo que nacía  de fundirme en algo y acariciarlo. Saberlo mío.
La fiesta continuó entre risas, bailes y miradas. Incipientes miradas y algún que otro beso robado. Los mayores miraban de reojo. Nos cuidaban... decían. Finalizó casi al anochecer. 
Luego, y ya en mi habitación, acomodé uno a uno todos los obsequios.
El de Bámbola había quedado sobre mi mesa de noche despojado de adornos y envoltorios. Solos yo y él.  Un libro y mi asombro.  Mi primer libro nuevo.
Hasta entonces los libros que había leído eran los que, semana tras semana, sacaba de la biblioteca de mi escuela. No eran míos. Una vez leídos  se alejaban de mí  o yo me sentía obligada a dejarlos  hasta que otras manos se acordaran de ellos en aquella mudez de la estantería.
Acaricié la textura de la tapa de tela rugosa, recorrí con mi dedos todas y cada una de las letras de su nombre grabadas con tinta plateada. Pero especialmente quería olerlo. Fui abriendo sus páginas como si de un abanico se tratara. Y olía. Era el olor que yo imaginaba cuando recorría con mi mirada la biblioteca del padre de mi amiga. El olor a papel y a tinta de un libro jamás abierto.   Aspiré hondo, muchas veces. Y abrazada a él el sueño me fue venciendo
 Aún recuerdo su título, su autor, el color de su tapa, la suavidad de sus hojas pero me es imposible reproducir una sola frase del texto. A veces hasta dudo de haberlo leído. Y sin embargo me adormecía y amanecía con él entre mis manos. Tal vez porque en mi memoria quedó la sensación primera,  la de su entrega y mi gozo, y su lectura se ocultó muy dentro de mí como la parte más secreta de esa entrañable relación que establecí con él. Tan secreta y tan íntima como las de  una amada y su amante. Negándome la opción de ser desvelada. Acaso por temor a perder su esencia.
Supe por mi padre, que fue quien me lo contó varios años después cuando ya el exilio me habitaba, que alguien lo había enterrado en algún lugar junto a otros muchos libros que se fueron agregando a lo largo de mi vida. Porque  hubo  una época  en que algunos  llegaron a pensar que las palabras hacían más daño que un disparo en la sien. El lugar lo desconozco porque quien enterró mis libros hoy  ya no existe.
Hoy al escribir esta historia he vuelto a ver a aquella niña  de cabellos ensortijados y ojos asombrados, en una tarde de julio, abrazada a un libro. Suyo. La he visto feliz. Todavía.