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sábado, 25 de abril de 2015

Levrero, Aquel realista inverosímil...

La muestra de Tecnópolis dedicó toda una jornada a reflexionar sobre el notable escritor uruguayo y a leer sus textos. Levrero fue recordado y analizado por Luis Chitarroni, Ricardo Strafacce, Luciana Martínez, Ezequiel De Rosso, y por su primer editor, Marcial Souto.


Por Silvina Friera

La máquina de pensar en Mario Levrero (1940-2004) funciona cada vez mejor. Atrevido, inclasificable, el más raro entre los raros, el escritor uruguayo suma cada vez más lectores de distintas generaciones y es homenajeado en el Encuentro de la Palabra por Luis Chitarroni, Ricardo Strafacce, Luciana Martínez, Ezequiel De Rosso, y por su primer editor, Marcial Souto. Levrero negaba cualquier vinculación con la ciencia ficción y se definía como un escritor realista, “un realismo que tiene que ver con lo trascendental, una expresión de la interioridad donde escribe un ‘yo del trance’”, subraya Martínez y precisa que este concepto está en Manual de parapsicología. “El realismo de Levrero no obtura lo fantástico; lo real adviene por la vía fantástica. Levrero se apropia de géneros discursivos que a priori no pertenecen a la literatura.”
De Rosso advierte que es “sorprendente” la relación de Levrero con el policial. “Los textos policiales, sobre todo La banda del ciempiés, que es del ‘89, y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, del ‘73, no están contados en primera persona. Todos los textos de Levrero se caracterizan por estar narrados en primera persona, incluso otra novela policial, Dejen todo en mis manos, un libro bellísimo. Las novelas policiales son raras en el corpus de Levrero, él las consideraba menores y poco importantes”, explica De Rosso, compilador de La máquina de pensar en Mario, ensayos sobre la obra del escritor uruguayo. “La novela policial funciona como una alternativa a su obra. Todo punto de quiebre en la obra de Levrero va acompañado por una novela policial.” Una de las grandes pasiones de Strafacce es la obra del uruguayo. “La primera página de La novela luminosa problematiza sobre el género. Levrero plantea la separación radical entre la literatura y la vida; una autobiografía sería un libro muy aburrido, una sucesión de días grises; recusa a la vida y a las ideas como generadoras de literatura”, dice el autor de la biografía de Osvaldo Lamborghini y las novelas La boliviana y Frío de Rusia, entre otras.
¿Qué es lo autobiográfico de una novela?, se pregunta Chitarroni. “Una novela no es un diario porque elabora con el acontecimiento vital una tensión”, responde el escritor y editor y señala la necesidad de “distanciar el ‘yo de la novela’ del ‘yo confesional’”. “Levrero, que era un escritor extraordinario, parece constituido como la unidad generadora de todas esas novelas tan distintas que escribió a partir de su muerte. Habría que ver de qué manera se genera una especie de mito unificador que hace que todas esas novelas pertenezcan a un mismo sujeto”, plantea el autor de Siluetas y Peripecias del no. Strafacce destaca la impronta de Kafka en Levrero y menciona que el uruguayo llamaba al escritor checo “mi hermano mayor”. “Siempre pensé la literatura de Levrero como realismo inverosímil. En las novelas y en los relatos de Levrero ocurren hechos extraordinarios, y la presencia de Kafka se nota en el concepto de los espacios, siempre infinitamente plegables y atravesables, pasillos, corredores, puertas que no dan adonde deberían dar. Tras cada pasillo, tras cada puerta que aparece de golpe, hay cierta sexualidad o cierto erotismo mórbido.”
Chitarroni dispara frases antológicas que quedan rebotando en las paredes de la memoria: “Kafka usaba las palabras como si tuviera que devolverlas al día siguiente”. El autor de La metamorfosis estaba habitado por un ingenio “que le permitía desplazarse hacia una fórmula humorística”, opina Chitarroni. Strafacce coincide y aclara que las situaciones cómicas en Levrero están narradas desde un lugar de extrañamiento. “El narrador, aún en los momentos más cómicos, nunca es canchero; en muchos relatos hay una presencia muy fuerte de Lewis Carroll. Levrero tiene por momentos la mirada de un niño, aun cuando el protagonista es un adulto”, explica Strafacce.
Muchas veces lo no “programado” irrumpe con la frescura de lo inesperado. Marcial Souto, el primer editor de Levrero, está escuchando atentamente como un espectador más. Este escritor, traductor y director de revistas y colecciones literarias que nutrieron a varias generaciones de lectores argentinos, uruguayos y españoles, vivía en Uruguay en 1969 cuando Pancho Graells, un humorista gráfico, lo recomendó para dirigir una nueva colección en la editorial uruguaya Tierra Nueva y le presentó a un tal Jorge Varlotta, primer nombre y primer apellido de Mario Levrero, que había sido finalista del concurso del semanario Marcha. “Me dio el manuscrito de La ciudad –recuerda Souto–. Lo leí esa noche y no podía creer lo que era eso, estaba solo en el mundo leyendo ese libro. No hay nadie haciendo esto en nuestro idioma, en este lugar, desde nuestra geografía; es un libro único, al mismo tiempo un poco ‘torpe’ y ‘tartamudo’, como él mismo aceptaba. Le costó mucho escribirlo, dejaba espacios en blanco porque no le salía la palabra justa y después buscaba en el diccionario o les preguntaba a los amigos. Decidí hacer lo imposible para publicarlo. Después vino el trabajo de convencer al editor de que no se publicaba lo que íbamos a publicar sino La ciudad, con el argumento de que era literatura uruguaya, buena, rara, divertida. Yo creo que nadie entendía nada, pero era tal mi entusiasmo que terminaron aceptando. Al día siguiente, cuando le dije a Mario lo que me había producido su novela, me dio una carpeta llena de cuentos que era La máquina de pensar en Gladys, todos los cuentos que había publicado y algunos inéditos.”
No es incómodo ni molesto ni extraño homenajear al escritor uruguayo en momentos en que goza del reconocimiento académico y del mercado editorial. Pero cuando Souto intentaba predicar y contagiar su entusiasmo y pasión por el uruguayo estaba en tierra yerma. Salvo para los Gandolfo –Francisco y Elvio–, “no existía” Levrero. “Desde el principio tuve la sensación de que era el escritor uruguayo más interesante de todos los tiempos, me interesa más que Felisberto (Hernández), que (Juan Carlos) Onetti. Cuando publiqué sus dos primeras novelas, nadie entendía qué era Levrero. Yo regalé en Barcelona ejemplares de La ciudad a los amigos más inteligentes y nunca nadie me dijo nada. Ni siquiera que lo detestaba. Parece ahora que el tiempo lo alcanzó y de repente se lo descubre. Lo que pasa es que hizo dos trucos: uno el de morirse y el otro escribir en los últimos tiempos cosas mucho más fáciles con las que se puede entrar por la puerta de la ‘literatura del yo’. Yo creo que la pólvora está en sus primeros libros, donde él no entendía dónde estaba ni cómo salir de ahí, que es la Trilogía involuntaria.”
Las palabras de Chitarroni funcionan como un conjuro para cerrar toda una jornada dedicada a reflexionar y a leer los textos del narrador uruguayo. “El parpadeo extraño de Levrero es algo de lo que nadie debería privarse.”

viernes, 27 de febrero de 2015

Levrero por Fogwill


Posada Levrero - Colonia - Uruguay

La primera noticia sobre Varlotta, apareció en 1968 en el proverbial Lagrimal Trifurca del poeta Francisco Gandolfo. Su hijo Elvio pasó por Montevideo y volvió deslumbrado por la plaqueta de la primera edición (de autor) del relato de Gelatina y escribió lo que debió haber sido la primera de sus más de mil notas bibliográficas. Jorge Varlotta nació en 1940 en Montevideo. 
Después decidió ser Mario y adoptó su apellido materno. Sin embargo, siguió dejando mensajes en los respondedores telefónicos como "Jorge", y su e-mail es jvarlott@adinet.com.uy, aunque ya no responde: "Mario Levrero murió en el 2004".
Fue fotógrafo en Montevideo, librero en Piriápolis, desocupado en muchos lugares, divulgador de temas científicos y matemáticos en revistas, inventor de crucigramas y puzzles por encargo, redactor en la revista Juegos de Mente en Buenos Aires y columnista brillante en la revista Posdata de Montevideo. Hacker amateur, coleccionaba antiguos programas de D.O.S. e imágenes porno, preferentemente orientales. Los últimos años vivió del fruto de una beca Guggenheim y de los alumnos de sus talleres literarios in vivo y por mail.
Publicó en Uruguay, Argentina y España más de veinticinco obras literarias y dejó algunos inéditos preservados por el celo de su amigo y maestro de informática, el porteño Eduardo Abel Giménez. De ese material, y gracias al trabajo de Giménez y Alicia Hoppe, y al cuidado de Gandolfo, ha podido publicarse su extensa y en extremo testimonial La Novela Luminosa. Esa obra se presentó a la editorial Alfaguara de Argentina, que prefirió imprimirla en su filial de Montevideo y aún no la ha importado a la Argentina. 
Levrero siempre fue desafortunado con sus editores, incluso en los dos o tres casos, como en el de sus ensayos de Irrupciones I e Irrupciones II, para los que él mismo ofició de director editorial. De alguno de sus libros publicados en la Argentina, un editor megalómano llegó a imprimir una primera edición de 10.000 ejemplares, la mayoría de los cuales fueron reducidos a pulpa de papel para obtener dinero durante alguna de las crisis económicas de los años ochenta.
De varios de sus libros editados en Montevideo por la editorial Arca -con la que Levrero tuvo un largo litigio judicial- se hicieron versiones pirata, reimpresiones y reediciones desconociendo sus derechos de autor y la voluntad de sus herederos. 
Los relatos de Carros de Fuego y la deslumbrante novela El discurso vacío, fueron muy dignamente publicados por Trilce de Montevideo y también fueron reeditados. Es admirable que en un país de poco más tres millones de habitantes y no mas de diez librerías medianas se lea tanto y tan devotamente libros de tanta calidad y tan poco marketing. 
Uruguay -si exceptúa su Disneyworld del Este- es un país pobrísimo. En homenaje a Levrero visitamos sus librerías con Mario Bellatín, que conoce Bulgaria, ha vivido años en La Habana y venía de recorrer la India, y se sorprendió de encontrar una sociedad tan empobrecida pero lectora.
En Buenos Aires, hasta hace un par de años, se podían conseguir ejemplares de sus novelas emparentadas Paris, Ciudad y El Lugar. Este año, en varias visitas a las ferias de Parque Rivadavia y Parque Centenario, pude verificar que viajeros uruguayos y turistas españoles habían dado cuenta de los poco remantes que quedaban. En alguna distribuidora quizá queden ejemplares de las nouvelles Fauna/ Desplazamientos que, en 1987 y según costumbre, editó
feamente De la Flor. En librerías de viejos y usados pueden conseguirse los relatos publicados en Minotauro y alguna que otra revista del género ciencia ficción. 
Pésimo administrador de su prodigiosa obra, jamás tuvo agentes literarios ni asistió a cócteles y presentaciones de lujo. Recién a su muerte apareció la primera bibliografía de su larga producción, compilada por los alumnos de sus talleres. Hasta ahora se le reconocen nueve libros de relatos, diez novelas, dos libros de ensayos de prensa, dos historietas y su famoso Nick Carter, una novela-folletín paródica. Tal vez falte algo: mi fuente es el site http://www.taller-literario.com/mario_levrero.htm
Levrero vivió en Buenos Aires en los tiempos llamados del retorno a la democracia. Llegó esperando otra cosa de la Argentina y de la democracia y se encontró con el gobierno de Alfonsín, sus Felices Pascuas y la cultura populista radical de Gorostiza y Pacho O´Donell. Efectivamente, en esa época O´Donell era radical y Levrero no creía en la política. Reconocido por pocos fuera de la clientela de ciencia ficción, padeció un empleador despótico, pero también vivió grandes momentos cuando en 1983 y 1987 se publicaron en Buenos Aires dos de sus mejores colecciones de relatos: Aguas Salobres y Espacios Libres. 
Apuntes Bonaerenses se publica ahora en la web que data de aquellos años y fue tomado de la edición uruguaya de la antología El Portero y el Otro. En la web, vía Google, puede encontrarse su relato La calle de los Mendigos, que fue su predilecto.

Rodolfo Enrique Fogwill

viernes, 23 de enero de 2015

Veintitrés de enero, hoy es el día de él...


Volví a Buenos Aires hace cuatro días; mezquina ciudad, supo robarme en horas la paz acumulada para enfrentarla, para que convivamos en armonía. Lo mejor que me pasó fue descubrir que "Deshoras", uno de los libros pendientes de Julio, pasaría a estar en mi lista de favoritos. También empecé "62, modelo para armar".
Lo mejor que se me ocurrió es la decisión de volver por seis días más al mar. Faltan solo cuarenta y ocho horas para eso...
Esta vez viajaré ligera de equipaje y con varios libros, ya no desconozco cuál fue el ritmo de lectura en el mar. Y mi casita será otra, la "Casablanca", al lado de los sabores de la Patagonia, donde había sido el último brindis.
Y me desperté pensando en él, hubiera anhelado soñarlo como hasta ahora nunca me pasó...
Un veintitrés de enero, hace dos años, escribí esto:

Mario Levrero
Hoy el día es de él. Ineludible.
Bajo el gobierno de Urano y Saturno, hace setenta y tres años, nació un señor que yo iba a querer mucho, conocerlo otro tanto, aunque seguramente no nos hayamos cruzado nunca. Y si digo seguramente y no lo afirmo es porque vivió también en Buenos Aires y quién podría discutirlo.
Acaso no son a veces nuestros escritores nuestros mejores amigos... 
Habitó Colonia y sus tiemposMontevideo, y creo que no era muy devoto de los aviones. Tenía un tema con las palomas, la tecnología, con las horas sin dormir y los espacios, lo vacío o lleno de sus discursos; el vínculo entre una buena caligrafía y un supuesto orden psicológico. Siento que siempre buscó la paz. Ignoro si alguien le dijo que vino a regalarnos tantos momentos de buena literatura. Cuántos lo consideraron luminoso. Cuánto nos regaló en su primera persona. Cuánto nos hizo reír su detective.
Hace muy poco la causalidad, la amistad, hicieron que supiese que su casa de Colonia era hoy posada y tardé en llegar lo que el barco y las seis o nueve habitaciones disponibles lo permitieron. 
He charlado con sus vecinos, sus casi biógrafos, y mucho antes, abrazado fuerte a su hijo -al de siempre-, y al del corazón; recorrido infinidad de estanterías buscando sus huellas; preguntado siempre por él desde que nos conocemos: desde el año 2010.
Fue por ahí, por un rincón de Tristán que nos cruzamos. Quedan pocas páginas por encontrar. Mucho por releer. Algunos consideran que eso es un lujo a celebrar.
Recuerdo cómo un Larga vida a Onetti terminó siendo Levrero Luminoso, con los ojos llenos de lágrimas de Marcial, su primer editor.
El jueves próximo, un juego propuso la página cincuenta y tres del libro en el que estemos sumergidos y a pesar de "La Eneida", mi verdad tiene que ver con "El alma de Gardel".
Sé que me enamoré sin retorno desde "Dejen todo en mis manos", y que también supe esa tarde montevideana, con mi ventana que miraba al Solís, que sería para siempre. 
Aún escucho tus palabras: "y eso que no has descubierto La máquina de pensar en Gladys", y entonces me traslado a Luján, a un 57 para charlar un ratito con vos, Jorgito, y entro en "El Sótano" para saber mucho tiempo después que ese había sido tu hallazgo y tu enojo, Nicolás. Aunque en aquellos primeros cafés de La Paz, recuerdo que dijiste inmediatamente "Gelatina".
Hoy es su día. 

Hoy a dos años de ese día, con tanto camino recorrido y tanto escollo sorteado, solo le dediqué unas palabras en mi muro. Imposible olvidarte, Mario...

"Hoy veintitrés de enero es el cumpleaños de él. Uno de los más grandes. Para mí no necesita presentación. 
Es Don Mario Levrero.
Ámolo con toda mi alma, y lo bendigo donde esté por cada una de las letras que nos supo regalar de aquí a la eternidad. Que estés en paz. Solo eso".

domingo, 15 de diciembre de 2013

Taller Literario De Laberintos y espejos: libros subrayados

II Parte

Necesito hacer un esfuerzo de concentración para recordarlas, y no creo que valga la pena. No porque ellas no valieran la pena, sino que ahora no vale la pena que me esfuerce en recordarlas, porque eso no las trae a mi lado de nuevo... ya no serán como antes, y es mejor dejar las cosas como estaban.

porque con los árboles siempre hay un diálogo posible...

Cuando llaman a la puerta de calle tengo por norma no atender. Los que me conocen saben que tienen que llamar por teléfono antes de venir a casa... por otra parte no tengo mayor interés en conocer gente nueva, y menos gente del tipo de gente que es capaz de tocar timbre en los porteros eléctricos de gente que no conoce....

No es que crea que en los recuerdos todo color rojo se transforma fatalmente en negro, o que la memoria envejece agrisando los recuerdos; sí creo que los recuerdos se simplifican, adocenándose, vulgarizándose.

Las cosas, desde luego, no sucedieron exactamente así, como las estoy contando: en rigor las cosas nunca suceden como se las cuenta, porque nunca se pueden contar como suceden ¿Cómo puedo saber yo ahora el contenido exacto de mi pensamiento aquel día? ¿Cómo puede alguien ni siquiera a los diez minutos, recordar el contenido exacto de su pensamiento, esa cosa tan errática?

Yo afirmo que es imposible decir la verdad de las cosas tal como sucedieron, por más veraz que uno pretenda y que uno quiera ser. Ahora, por ejemplo, al rememorar estos hechos que vengo narrando, tal vez estoy juntando dos o tres días en uno solo, u omitiendo datos importantísimos, y sobre todo mintiendo, a sabiendas sobre el contenido de mis pensamientos al cual trato vanamente de aproximarme. Ni siquiera podría relatar el fluir de mi pensamiento actual, porque se va rápido, corre más rápido que mis dedos y, al mismo tiempo, por querer escribirlo lo estoy modificando, frustrando, fastidiando la posibilidad de una enorme cantidad de asociaciones mentales que por el solo hecho de atenderlas, no se producen.

Ahora estoy  más distraído con las cosas que me ocurren, en lo personal, y en casi toda mi vida adulta me ha faltado el tiempo para volverle a prestar atención a la lluvia. Algo parecido me pasa con la música; la oigo, pero más bien como fondo, sin entregarme plenamente. En eso se ha transformado la vida del adulto: un pasar cerca de las cosas sin rozarlas, o rozándolas apenas, pero sin entablar amistad con las cosas, sin intercambios, dar y recibir.

...es tan interesante estar en el mundo, y percibir, que es una lástima que haya perdido tantos años ocupado en asuntos triviales: exactamente eso es estar loco.

Me parece absurdo poseer a una mujer sin haber intimado antes, compartido antes algo de nuestros mundos para que el sexo no sea puesto en evidencia en toda su miseria, es decir, me parece absurdo no hacer propiamente el amor...

Quiero decir: no importa que me falle la memoria, o que me engañe, inventándome cosas o, peor, deformándome cosas.

... su nueva imagen desplazó completamente a la anterior; ya no pude recordar a Julia como había sido 

sábado, 30 de noviembre de 2013

El alma de Gardel, Mario Levrero

 Parte I

A veces pienso que hay un verdadero abismo entre la gente que anda por las calles, y yo. Me doy cuenta de que todos andan de un lado a otro ocupados en sus cosas, sin maravillarse del absurdo en que están inmersos. Yo no puedo dejar de maravillarme, y es en ese preciso punto en que comienza el sentimiento de lo maravilloso cuando la ciudad se redime y se transforma, para mí, en arte. De sufrir la ciudad paso a disfrutarla: la velocidad de los automóviles, la furia automática de los automovilistas, la carrera agotadora sin fin, con su tendal de vidas, la ansiedad, el atroz desequilibrio; el ruido, el humo, la muerte amenazando en cada cruce, el desgaste inútil de los nervios de las personas, de las vidas de las personas. Es como un cuadro lleno de fuerza, pintado por un loco; es arte, el arte más elaborado, más audaz, más avanzado; arte contemporáneo en permanente evolución. Es el fin de la razón, el el comienzo de la liberación. Las personas ya no son personas, son como los colores que utiliza el artista. Y el artista soy yo, y el único espectador soy yo, y el espectáculo comienza cuando yo llego.

Ya no era la que vivía en mi memoria, cuyo recuerdo había perdido y recuperado; era como una falsificación.

Pero al final todo es agua que corre, todo es pensamiento que fluye, todo es literatura que se escribe o palabras que se piensan, la Historia humana, las gotas de lluvia, todo se vuelve palabra consciente, o se pierde para siempre; aunque también se perderán las palabras. Y si todo este juego tiene al fin algún significado, eso no lo sabemos.

¿Y por qué piensa usted que los escritores son, más que otra gente, presa fácil de las depresiones?_preguntó el señor Caorsi después de mover peón cuatro rey, continuando una conversación que había comenzado a partir de un recorte de periódico que yo había pegado en la pared.
Bueno, no crea que porque escribo de vez en cuando me considero un escritor _dije, comenzando a responderle_. Hay pocos escritores en el mundo, que merezcan ese nombre. De modo que no me incluyo en la lista, y entonces le puedo decir lo que creo sin apelar a la falsa modestia: creo que los escritores se deprimen más que otra gente porque son más inteligentes y más sensibles, y no pueden tolerar la idea de tener que vivir en un mundo estropeado por los imbéciles. Creo que...

Caminar me permite formas de pensamiento que no puedo obtener estando sentado en casa, y digo "en casa" porque cuando estoy sentado en otro sitio, fuera de casa, como por ejemplo en un café, eso promueve otra forma de pensamiento, distinta de la de estar sentado en casa y de la de caminar. Pero es caminando cuando puedo formular los pensamientos más osados, o por lo menos más originales, habitualmente formulaciones hechas desde un punto de vista diferente del habitual. Es como si los problemas se presentaran bajo una nueva luz. También es cierto que muchas soluciones a problemas, encontradas en mis paseos a pie, más tarde se ha visto que no sirven, un poco como las ideas que uno tiene cuando sueña, aunque estas son todavía más inaplicables. Es posible que la soluciones que encuentro al caminar sean correctas, y que luego el que falla es el que trata de aplicarlas juzgándolas desde una posición sentada. Los pensamientos durante estos ágiles paseos bajo un sol benigno ...

Espero que ahora al escribirla, quede definitivamente desalojada el casillero de mis preocupaciones.


lunes, 4 de noviembre de 2013

Prólogo Diario de un canalla, Burdeos 1972

Por Marcial Souto

Los textos de este libro son fruto de dos grandes aventuras vitales de Jorge Varlotta, una por amor y otra por necesidad. Las dos tuvieron una considerable influencia sobres su manera de escribir.
                                                                           
En 1972, a pesar de haber publicado ya una novela y un libro de cuentos firmados como Mario Levrero (su segundo nombre y su segundo apellido), seguía siendo en Montevideo un escritor casi secreto, leído apenas por unos pocos fieles devotos.
Contribuía a esa invisibilidad su invencible fobia a relacionarse con algo más que un puñado de amigos. Sin embargo, un día aceptó _a través de la revista Maldoror, en la que colaboraba _ asistir a un cóctel en la Alianza Francesa. Al día siguiente, muy excitado, me contó una sorprendente experiencia.
Hacía frío y durante toda la noche se había quedado en la zona más agradable de la sala. de espaldas a una pared que tenía instalada una estufa. Al terminar la reunión había mirado en esa dirección y descubierto que aquello no era una estufa sino una mujer. La mujer, de la que se había enamorado perdidamente se llamaba Marie France, trabajaba en la embajada francesa y estaba a punto de volver a su país. Unos días más tarde me la presentó y los dos me anunciaron que pronto se irían a vivir juntos a Burdeos.
Jorge Varlotta detestaba viajar. "Uno pasa a ser un desconocido para uno mismo cuando sale del lugar habitual", dijo en una entrevista. A los treinta y dos años sólo conocía de su país el balneario de Piriápolis, adonde se habían trasladado sus padres y donde vivía su amigo y mentor Tola Invernizzi, que en 1966 le había arrancado página a página La ciudad, su primera novela; de Argentina conocía la ciudad de Rosario, donde en 1969 había vivido tres meses con la familia Gandolfo y escrito la primera versión de El lugar. Si no era muy necesario prefería no alejarse de su apartamento de la calle Soriano, y su decisión fue recibida por todos con incredulidad y después con admiración.
Al llegar a Burdeos empezó a pedir a los amigos que le enviáramos yerba mate por avión. Sabía que los muchos kilos que había embarcado con los objetos de mudanza de Marie-France podían tardar meses y no estaba en condiciones de soportarlo.
Poco después me contó: "Soy el único ser humano que toma mate en Burdeos". Y con el alto concepto que tenía de sí mismo, añadió: "Quizá soy el único ser humano".
Cuando ya parecía que se quedaría a vivir en Burdeos, empezó a hablar de una cierta angustia recurrente. Se le estaba acabando el dinero, no podía trabajar y no se sentía cómodo. Un día mientras leía el diario en la cocina, notó con pánico que el francés le invadía la mente y amenazaba con impedirle hablar en español. La magia se había roto y supo que había llegado la hora de volver. Vivió unas semanas en París y después subió a un avión por última vez en su vida. (Tres años más tarde, la revista argentina Siete Días organizó un concurso de cuentos policiales cuyo premio era un viaje a París. Jorge escribió un cuento "El factor identidad", pero decidió no presentarlo por miedo a ganar y tener que volver a hacer el viaje).
En marzo de 1973, transformado por la experiencia que acababa de vivir, tomó de repente un nuevo rumbo como escritor, opuesto al de los ámbitos asfixiantes y kafkianos de su primera etapa, al escribir en una semana Caza de conejos, colección de cien textos breves de sorprendente creatividad verbal, en los que incorporaba con naturalidad, por primera vez, el humor que tanto prodigaba, escuchado detrás de numerosos seudónimos, en revistas satíricas de la época. Al año siguiente confirmó ese notable cambio con Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo.
En los primeros meses de 1985, agobiado por deudas y la falta de proyectos viables en Montevideo, aceptó trasladarse a Buenos Aires y dirigir un par de revistas de crucigramas dentro la empresa editorial de su viejo amigo Jaime Poniachik. Esa decisión de iniciar una nueva vida en una ciudad grande y desconocida, tan opuesta a su tranquilo y gastado barrio montevideano, acostumbrado a sus fobias , resultaba, conociéndolo tan inimaginable como la que lo había hecho cruzar el Atlántico. Curiosamente, se adaptó enseguida: por primera vez en su vida tenía un trabajo con horario normal y un sueldo decente. Por primera vez vivía sin angustias económicas haciendo algo que le gustaba, en una ciudad donde (pronto descubrió) sus pares conocían y admiraban su obra. A los cuatro libros suyos ya publicados en Buenos Aires pronto se añadieron dos más, escritos en la última década y hasta ese momento huérfanos de editor. Sin embargo, pese al reconocimiento que sentía como escritor y su afición por la ciudad, arrastraba desde Montevideo dos cargas que no lo dejaban en paz;: una fea y dolorosa cicatriz, producto de una reciente operación de vesícula con infección incluida y el comienzo titubeante de una novela concebida para exorcizar el miedo a la muerte cuando supo que era inevitable. La novela debía rescatar una serie de experiencias que él había vivido como "luminosas".
Cuando descubrió que ya llevaba casi dos años viviendo cómodamente pero sin poder disponer del tiempo necesario para ocuparse de la novela, que consideraba esencial, reservó las primeras vacaciones para examinar la situación y tomar medidas. El resultado fue el fundacional "Diario de un canalla", en el que no se perdona el abandono de su lado espiritual aunque fuera por razones de supervivencia. No logra reencauzar la novela, pero descubre un instrumento hecho a su medida: la entrada de diario, que le permite transmitir cualquier cosa con naturalidad, sin demasiada elaboración, como si conversara con el lector. Años más tarde le serviría para componer su obra maestra, El discurso vacío, y el fascinante Diario de la beca que precede a la frustrada Novela luminosa.
Un año antes de morir, Jorge Varlotta, a quien terminará devorando su casi seudónimo Mario Levrero, empezó a tener problemas de insonmio mayores que de costumbre. Le empezaron a venir recuerdos antiguos y en algún momento lo asaltaron imágenes de su experiencia de 1972 en Burdeos. Durante casi dos semanas, desde la cima de su arte del yo, recuperó anécdotas y emociones de otro tiempo y lugar que ahora son también nuestras.
"Diario de un canalla" y "Burdeos 1972" nos acercan dos momentos fundamentales del más cercano de los escritores. Dos textos magníficos, hijos de la necesidad y del amor.

sábado, 6 de julio de 2013

Libros subrayados, París

Parte II
Debo avanzar muy lentamente porque el piso se hunde, no como pantano sino como carne.

Me llevo algunos minutos recobrar la totalidad de la conciencia de vigilia y desalojar de la habitación las imágenes soñadas.

Sí, hace mucho tiempo, hace muchísimo tiempo que no tengo un instante de distracción, es una responsabilidad exagerada, ahora lo comprendo, lo que no me deja dormir ni distraerme.

Mi problema es éste. Aquí . La cabeza. Pienso, pienso mucho. y eso no es bueno: pensando uno puede llegar a saber muchas cosas, sin necesidad de salir de una pieza.

¡Dios mío! ¡ Las cosas que me han hecho creer! Aunque nunca les creí del todo ; poco a poco me fui reencontrando a mí mismo, fui sospechando de ellos, por ciertas cosas minúsculas, gestos, susurros.

Y les dejo seguir su parloteo incesante. Después empiezo a fastidiarme no sé si por la sensación de estar excluido, o porque realmente no me interesa nada de lo que sucede.

Tengo ganas de salir y caminar largamente por la ciudad, pero me siento aún excesivamente cansado. Y al mismo tiempo tengo miedo de salir , no solo, y no tanto sino por una seguridad interior que me asusta más; me asusta el hecho de ignorar una serie dentro de las cuales moverme, de estar a la expectativa ante lo desconocido , especialmente  porque el cansancio y la confusión mental no dan lugar a una mayor confianza en mí mismo que me permita enfrentar con serenidad los pequeños grandes escollos que puedan surgir, desde, por ejemplo, la forma correcta de subir a un ómnibus, hasta cosas de mayor peligro.

Me movía con rapidez, y sentía el cuerpo rígido, como manejado por un centro nervioso que hubiera tomado el mando, desplazando a los centros habituales de movimiento.

Me resolví por lo más sencillo es decir, lo que suponía habría de traerme menos complicaciones.

Un par de alas se abren paso, automáticamente, a través del saco que acaban de romper. Mi caída es frenada como por un paracaídas enorme y compruebo con asombro que estoy volando, que incluso gano altura.

El vértigo había desaparecido. Sentí una embriaguez especial, una sensación no malsana de poder, y de dicha. Subía hasta alturas increíbles y luego me dejaba caer, planeando suavemente, con las alas extendidas y aunque cerrara los ojos no corría riesgo de estrellarme, y me dejaba guiar en mi vuelo por impulsos arbitrarios y extraños, y sentía, que de algún modo, estaba trazando en el cielo un dibujo coherente y estético.
Sentí que esta era mi forma natural de descansar.

Me parecía que todas las experiencias eran una sola, que no había entre ellas otras diferencias que su pluralidad y los distintos tiempos en que las había realizado.

Y dentro de mí fue creciendo la indignación , no sabía bien contra qué, aunque en buena parte lo era contra mí mismo.

Entré al cuarto y me dejé caer en la cama, en un estado de ánimo muy confuso, en el que se mezclaban el desaliento y la esperanza, y un sentimiento de derrota, de humillación.

Y siento, también, la necesidad urgente de volver a hacer un viaje en ferrocarril. No sé hacia donde. Pero es evidente que me he equivocado al venir a París. Ahora que no hay nada que me ate a ningún sitio.
No importa; el error está allí, en planificar. Quizá sea mejor dejarme llevar por la inspiración del momento, dejarme caer en un lugar cualquiera y esperar allí el amanecer. Lejos de París. En el otro extremo de la Tierra. En cualquier parte. Volar con los ojos cerrados y posarme, de pronto, donde el corazón lo indique. 


jueves, 4 de julio de 2013

Libros subrayados, Paris

Parte I

El tema unificador es desde luego, "la ciudad" (como concepto como expresión de un anhelo o como espacio mítico) y su relación con un protagonista innominado, tal vez el mismo en las tres novelas. París el el último tramo de lo que he llamado trilogía involuntaria, integrado además por "La ciudad" y "El lugar".
En París la ciudad adquiere un nombre y la acción de la novela ocurre íntegramente en ella aunque limitado a un edificio, si bien vasto y casi infinito, único.
París se abre con el final de un viaje en ferrocarril.
Cierro los ojos y me invade un cansancio extremo, una desilusión extrema y algo muy parecido a la desesperación. Un viaje de trescientos siglos en ferrocarril para llegar a París.

Y encontrarme con esa misma estación desde donde había partido , trescientos siglos antes y encontrarla exactamente igual así misma como demostración de la inutilidad del viaje.

Salvo la cuota de cansancio, la cuota de olvido, y la opaca idea de una desesperación que se va abriendo paso . El viaje había sido insensato. Ahora lo sabía.
Sin embargo no me parece insensato emprender un viaje para darse cuenta de su inutilidad . Si Ud.. cambia esa naciente desesperación por una calmada desesperanza, habrá obtenido algo que muchos humanos anhelan.

Sus palabras habían sido si no convincentes, el menos dignas de atención.

La tarde era tan gris como la estación, como la ciudad como yo mismo. Me siento gris por dentro y por fuera.

Dudo de mi propia existencia.

La memoria se me presenta como un fenómeno curioso, que me hace recordar las cosas apenas las veo o tal vez un instante antes de verlas.

Allí señalo un pequeño comercio, allí trabajé yo en un tiempo.

Hablé de la memoria, de mis cavilaciones en torno a la identidad, y la memoria, de mi incertidumbre acerca de los límites del mundo exterior.

Pensé que ahora en París ,el tiempo tenía una nueva forma de transcurrir mucho más lenta.

Mis nuevos recuerdos eran demasiados precisos, demasiados fieles, y en demasiada cantidad.

Traté de serenarme; no podía absorber tal cantidad de información que me llegaba a torrentes y que además me resultaba por completo inútil.

Me pregunto si las cosas y las gentes durante los trescientos siglos de mi viaje en ferrocarril, se han detenido en el tiempo y sólo el polvo se habrá movido en la ciudad, acumulándose sobre las cosas y las gentes.  Pero el tiempo parecía haber cambiado, aunque no pudiera darme cuenta en qué medida, en que dimensión.

Actualmente ni siquiera sé si realmente soy.

Mientras uno duerme , las cosas siguen su curso, y uno se vuelve viejo.

Sin embargo el descanso es algo que se me niega sistemáticamente.

Pienso en París, y de inmediato surgió la comparación entre el París actual, que yo estaba conociendo o reconociendo y el de que algún modo yacía latente en mi memoria.

Mi comportamiento es el de quien regresa después de mucho tiempo.

Siento como si la comprensión fuera un objeto real y vivo, con personalidad propia , que se burla de mí se escabullía , se escondía y de pronto asoma y me hace señas desde un rincón.

No, no puedo dormir, pero en cambio puedo soñar, soñar voluntariamente despierto. Creo haber utilizado este truco, más de una vez, durante el viaje, de cualquier manera, sé que en este momento me es posible hacerlo sin dificultad. Es cierto que no trae descanso verdadero ni a la mente ni al cuerpo, en la mente se forma un estado pasivo de alerta, un espectador que al mismo tiempo es actor de la obra que se va a representar, pero el espectador ignora el argumento, y asimismo lo ignora el actor, y el escenario es infinito.


domingo, 3 de febrero de 2013

El alma de Gardel



Página 53
Relato con consigna: a partir de la página 53. Nos inspirarnos en ese párrafo y lo incluimos en el trayecto.

Era una mañana como cualquier otra, pero en el aire serpenteaba una luz especial. Un brillo cuya diafanidad  invitaba a dejar huella. 
De mi cuello pendía una piedra verde, y a modo de talismán llevaba conmigo una vasija de cerámica que emanaba mi esencia favorita. No pude negarme; desde que la descubrió, fue suya. 
Lo acompañé en sus tareas habituales. Nadie, nada, avisó que desde aquella primavera, sus/mis primaveras, pasarían a ser nuestras. No, no hubo guiños ni anticipos.
Pudo haber sido la primera vez y la última y sin embargo no, desde aquella esquina de Lerma y Canning, dos mundos se volvieron paralelos.
Sabía que me gustaba leer. Ignoraba qué. Que la gente debía acudir a mí cuando estaba bien, aunque así no fuese, y él hubiese trabajado tanto para que sí. 
En verdad lo ignorábamos todo el uno del otro ya que hasta ese día, nuestros universos, poco habían tenido que ver más que con aquello que nos unía: el entorno laboral. 
Me dijo por ejemplo, que fumaba tabaco hindú. Desconocía que su mundo desbordaba de libros y estaba plagado de papeles y de desorden. 
Días más tarde viajamos, y fue testigo el mar... y recorrimos una peatonal a la que hoy en casi veinte años he vuelto tantas veces -por suerte aprendemos a soltar pasados- y me distraje en una librería. Conmigo solo llevaba Ética para Amador...
Un libro, uno de ellos me llamó; las tapas de los libros siempre lo han hecho.
Devolví el libro en el mostrador y me fui a casa, tratando de desalojar de mi mente la persistente imagen de Gardel que me hacía señas, ahora desde mi memoria.
Irrumpió un nuevo viaje. Esta vez permanecería sola. Parecía imposible de tolerar. Llevábamos un mes juntos y ni un día separados. El imán era ineludible. La pausa insostenible.
La vasija de lavanda la llevaba en su cuello, y yo había abandonado mi piedra verde; él me había fabricado un escapulario tan alegórico como ese futuro elegido en cuatro días. Sí. En tan solo cuatro días habíamos definido un destino. Un único camino par.

Dedico el escrito a Alfredo y Cass que hace algunos días idearon la consigna, y fueron anfitriones de lujo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Libros subrayados, El discurso vacío

Librería Puro Verso, Montevideo
Octubre de 2012

En mi blog de siempre estamos de convocatoria, y me sumo desde aquí, desde mi otro espacio, con uno de lo libros más hermosos que he leído. Mario Levrero y su Discurso Vacío.
                                             
Sigma Mario Gomez Garrido, ellos saben por qué...

Debo caligrafiar, de eso se trata. Debo permitir que mi yo se agrande por el mágico influjo de la grafología. Letra grande, yo grande. Letra chica, yo chico. Letra linda, yo lindo.

La mediocridad es uno de los méritos más celebrados.

Tuve la tentación de transformar mi prosa caligráfica en prosa narrativa, con idea de ir fabricando una serie de textos como peldaños de una escalera que me elevara de nuevo a las añoradas alturas que había sabido frecuentar hace ya mucho tiempo.

Ese disgusto tiene que ver según he podido percibir, con el hecho de llevar ya demasiado tiempo 
-demasiados años- viviendo fuera de mí mismo, ocupándome de cosas que suceden fuera, de manera exclusiva.
Esto quiere decir que percibo las cosas superficialmente, que no tengo vivencias, que estoy apartado del ser interior; demasiado apartado, y sin tener la menor noción de los caminos posibles para acercarme. 

No importa qué es lo que se está viviendo cuando uno está apartado de Sí Mismo. Todo transcurre sin dejar ni una huella memorable.

La causa no está en los reclamos del mundo exterior, sino en mi apego, o mi compromiso con estos reclamos. 

El vacío nunca me asustó demasiado; en ocasiones hasta llegó a ser un refugio.

La voluntad: ese es el nudo de mi problema actual. He perdido mi fuerza de voluntad, la cual, por otra parte, nunca fue muy grande.

La única libertad verdadera, lo sé de sobra, es aquella que se conquista.

Y debía comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.
No podía permitirme sentir miedo, como tampoco podía permitirme volver la mirada hacia las cosas que dejaba atrás.

Tengo la impresión de que todo en mí se desorganiza con demasiada facilidad. Si bien es cierto que debería ser más fuerte y no dejarme arrastrar por la locura del entorno, también es cierto que estoy acostumbrado a entornos más controlados por mí.

Los problemas pasan a ser enemigos que afrontar.

El discurso no se alteró sino que se borró durante muchas horas.

Sin embargo todo es subjetivo, no hay plazos impuestos desde afuera.

Todavía no he podido poner en práctica mi sistema de "situarme" idealmente en la nueva casa e imaginar su funcionamiento.

Lo que se hace no surge de una necesidad real, no es necesario, sino que hay un patrón , una forma abstracta que se aplica como si fuera una fuerza natural operando en todos nosotros.

Creo que están apareciendo los efectos del antidepresivo, al menos los efectos secundarios...

Nunca nadie me dejaba contarla hasta el final; me interrumpían hablando de otras cosas, y eso me excitaba y me daba rabia. También me daba rabia hacia mí mismo, por no poder sintetizar la historia, ir a la esencia de lo que quería contar.

Es muy difícil no estar asustado cuando uno siente que no puede contar mucho consigo mismo.

Ya las cosas no sería tan fáciles, porque me pesa la experiencia anterior, que fue buena como experiencia, pero sería terrible como repetición.

Una extraña forma de vida, uno vive y piensa, siempre en función de otra persona que por lo general no está presente, y que, por lo general, nunca puede saberse con certeza cuando va a estarlo.

Son muchos cambios para un hombre, que suele apegarse extremadamente a los lugares.

Cuando uno sabe que ha de abandonar un lugar para no volver, es imposible seguir viviendo en él cómodamente, por así decirlo uno no está allí donde está, sino que vive proyectándose, cada vez con mayor fuerza, hacia el nuevo lugar donde va a vivir.
No soy capaz de imaginarme el día de la mudanza, el levantarme de esta cama en mi casa, para acostarme esa noche en esta misma cama, en otra casa; en el medio hay un esfuerzo, una complicación, un trabajo que me parece no poder enfrentar.

Mis narraciones son en su mayoría, trozos de la memoria del alma, y no invenciones...

Más libros elegidos en casa.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Todo el tiempo, Mario Levrero





Fundación Proa Domingo 5 de septiembre en el marco de Filba,


"Levrero invisible"


Pablo Casacuberta, Felipe Polleri, Marcial Souto y Guillermo Piro


Jorge Mario Varlotta Levrero tenía 27 años cuando se editaba “Strawberry Fields Forever”, el single de Los Beatles cuyas estrofas escogería para encabezar este libro. Hasta ese momento se había negado a escucharlos. Desconfiaba de las modas. Pero una tarde, comprando cigarrillos en un quiosco, se demoró un instante más de lo necesario con el cambio, lo suficiente para escuchar: Let me take you down, ‘cause I´m going to Strawberry Fields… nothing is real… La fascinación fue inmediata. “Nada es real”, dijo en los últimos años. “Sólo el amor y la muerte, pero de la muerte no estoy tan seguro”. En 2004 se marchó para siempre, sin aclarar el Misterio. Dejó más de veinte libros que no hacen otra cosa que alimentar esta confusión. En los tres relatos que componen Todo el tiempo acaso se encuentre una respuesta a aquel Misterio. Pero ocurre a veces y nunca es posible reproducir la experiencia. Se trata de tres relatos, pero que tal vez podrían ser uno solo, una antigua y bella pieza de porcelana que por descuido alguien ha dejado caer al piso. Los personajes se proyectan unos sobre otros, los tiempos se mezclan, la realidad es observada a través de un espejo que proyecta oscuros y confusos reflejos. Los fragmentos están delante de nuestros ojos, pero no encajan: cualquier intento es en vano. Sin embargo, al mirarlos por separado, volvemos a creer que forman parte de ese antiguo jarrón. En su posible figura, en el dolor que nos produce su belleza anhelada, encontramos un aire familiar que creíamos perdido para siempre. El recuerdo de la totalidad de la que alguna vez formamos parte. He aquí la condena y la esperanza que guardan estas páginas.


Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, la novela de Mario Levrero que Mondadori publicó en Octubre. El texto inicial del libro, que hace las veces de prólogo:
Exordio. Nick Carter y los apuros de un lord.
Agarrado de la soga, mis pies golpearon y rompieron el enorme vidrio de la puerta-ventana del bungalow de Lord Ponsonby; mi cuerpo atravesó esta puerta- ventana y fui a aterrizar blandamente, a las cinco en punto de la tarde, junto al sillón donde el Lord levantaba ceremoniosamente su taza de té.
—¡Cristo! —vociferó, dando un salto. Y luego, al reconocerme—: ¿Es usted, Carter? ¿No tenía otra manera de…?
Me dejé caer en el otro sillón. Mi taza de té estaba servida. Me sentí un poco ridículo. Lord Ponsonby volvió a sentarse; no había derramado una sola gota de su té. Tinker, mi ayudante, se movió inquieto en el interior del bolso de mano. Aflojé los cordones para que pudiera asomar la cabeza y respirar con mayor comodidad.
—A veces no puedo contener mi exhibicionismo —expliqué al Lord, levantando yo también la taza para llevarla a mis labios—. Créame que lo siento.
Hubo una pausa para saborear el té. Lo encontré excelente.
—Vea, Carter —dijo luego el Lord—, iré derechamente al grano. Necesito sus servicios.
Asentí. Por detrás del Lord, mi imagen satisfecha se reflejaba en un enorme y hermoso espejo que duplicaba el salón.
—Lo sabía —comenté—. Este era otro motivo para entrar así en su casa, Lord. Quería demostrarle mi excelente estado físico, mi pujanza…
—No era necesario.
—Gracias.
—Ahora, preste usted atención, por favor, Carter. No puedo darle mayores detalles, porque ignoro casi todo. Pero me consta que algo se va a producir, y muy pronto, en el Castillo. Como usted sabrá, el Castillo…

Nick Carter es un detective looser que tiene que salvar al mundo. Nick Carter –que se divierte mientras el lector es asesinado y el autor agoniza- parece proceder de modo similar a la relación que Mario Levrero tiene con la literatura. Mis detractores opinan que utilizo más la inteligencia que la perseverancia, y creen ver en ello una grave defecto”. De alguna manera, ese cruce deductivo/inductivo de Carter parece una analogía de la estética levreriana: la inteligencia más que la perseverancia, el estilo -innegociable- por sobre la “claridad”.
Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) es una gran novela de “género” descentrada. Una novela donde -desde el título- se mata al autor y al lector, y ambos se resisten a asumir su rol. Porque en Levrero siempre el cómo es más que el qué...


Y aquí el prefacio en el que Mario Levrero cuenta cómo se originó La novela luminosa. Tan extenso para leer en el monitor, como imperdible...

No estoy seguro de cuál fue exactamente el origen, el impulso inicial que me llevó a intentar la novela luminosa, aunque el principio del primer capítulo dice expresamente que este impulso procede de una imagen obsesiva, y la imagen es suficientemente explícita como para que el lector pueda creer en esa declaración inicial...

sábado, 4 de septiembre de 2010

Mario Levrero, la novela luminosa

No estoy seguro de cuál fue exactamente el origen, el impulso inicial que me llevó a intentar la novela luminosa, aunque el principio del primer capítulo dice expresamente que este impulso procede de una imagen obsesiva, y la imagen es suficientemente explícita como para que el lector pueda creer en esa declaración inicial. Yo mismo debería creerla sin ningún tipo de vacilaciones, pues recuerdo muy bien tanto la imagen como su condición de obsesiva, o al menos de recurrente durante un lapso lo bastante prolongado como para que me hubiera sugerido la idea de obsesión.Mis dudas se refieren más bien al hecho de que ahora, al evocar aquel momento, se me aparece otra imagen, completamente distinta, como fuente del impulso; y según esta imagen que se me cruza ahora, el impulso inicial fue dado por una conversación con un amigo. Yo había narrado a este amigo una experiencia personal que para mí había sido de gran trascendencia, y le explicaba lo difícil que me resultaría hacer con ella un relato. De acuerdo con mi teoría, ciertas experiencias extraordinarias no pueden ser narradas sin que se desnaturalicen; es imposible llevarlas al papel. Mi amigo había insistido en que si la escribía tal como yo se la había contado esa noche, tendría un hermoso relato; y que no solo podía escribirlo, sino que escribirlo era mi deber.En realidad, estas dos imágenes no son contrapuestas, e incluso están autorizadas por una lectura atenta de las primeras líneas de ese primer capítulo, lectura atenta que acabo de realizar ahora, antes de comenzar este párrafo. Al parecer, en ese comienzo están las dos vertientes, pero no se mezclan, porque yo todavía no sabía, al comenzar a escribir, que estaba escribiendo precisamente sobre aquella experiencia trascendente. Allí hablo de la imagen obsesiva, que se refiere a una disposición especial de los elementos necesarios para la escritura, y más adelante hablo de un deseo paralelo, como cosa distinta, de escribir sobre ciertas experiencias que catalogo como “luminosas”. Será unas cuantas líneas más adelante cuando me preguntaré si eso que había comenzado a escribir cediendo al primer impulso, no sería eso otro que deseaba escribir. Pero no hay ninguna mención de mi amigo, y eso me parece injusto –por más que ya no sea mi amigo y que, según me han contado, anda por el mundo hablando pestes de mí–. Es muy probable que en aquel momento hubiera olvidado por completo la recomendación, autorización o imposición del amigo y estuviera realmente convencido de que era mi deseo escribir esa historia.Me llama la atención que ahora, pasado mucho tiempo, vea tan claramente la relación causa-efecto: mi amigo me impulsó a escribir una historia que yo sabía imposible de escribir, y me lo impuso como un deber; esa imposición quedó allí, trabajando desde las sombras, rechazada de modo tajante por la consciencia, y con el tiempo comenzó a emerger bajo la forma de esa imagen obsesiva, mientras borraba astutamente sus huellas porque una imposición genera resistencias; para eliminar esas resistencias la imposición venida desde afuera se disfrazó de un deseo venido desde adentro. Aunque, desde luego, el deseo era preexistente, ya que por algún motivo le había contado a mi amigo aquello que le había contado; tal vez supiera de un modo secreto y sutil que mi amigo buscaría la forma de obligarme a hacer lo que yo creía imposible. Lo creía imposible y lo sigo creyendo imposible. Que fuera imposible no era un motivo suficiente para no hacerlo, y eso yo lo sabía, pero me daba pereza intentar lo imposible.Tal vez mi amigo tuviera razón, pero para mí las cosas nunca son simples. Ahora me veo, con la imaginación disfrazada de recuerdo, escribiendo sencillamente la historia que le había contado a mi amigo, tal como se la había contado, y comprobando el fracaso; me veo rompiendo en tiritas las cinco o seis hojas que habría insumido tal relato, y es bastante posible que se trate de un recuerdo auténtico porque no tengo idea de haber escrito alguna vez esa historia, por más que ahora no quede ningún rastro de ella entre mis papeles. Y de ahí debe de haber surgido entonces la imagen obsesiva, indicando la forma correcta de situarme para poder escribirla de modo exitoso, y de ahí mismo debe de haber surgido ese deseo de escribirla, solo que ahora transformando en un deseo de escribir sobre otras experiencias trascendentes, como escalonándolas, para poder llegar a la historia que quería o debía escribir, la que había tal vez escrito y destruido. Quiero decir que probablemente había de fondo una comprensión de que el fracaso de mi relato se debía a la falta de un entorno, de un contexto que lo realzara, de un clima especial creado con una gran cantidad de imágenes y de palabras para reforzar el efecto que la anécdota debía provocar en el lector.Así fue como me compliqué la vida, porque todo ese entorno y todas esas imágenes y palabras me fueron llevando por caminos insospechados, aunque muy lógicos; esos procesos están maravillosamente explicados en Las moradas, de santa Teresa, mi patrona, pero es claro que a nadie le basta con que le expliquen los procesos; no hay más remedio que vivirlos, y al vivirlos es como se aprenden, pero también es como se cometen los errores y como uno pierde el rumbo. Creo que en esos capítulos que conservo de la “novela luminosa” el rumbo se pierde casi al mismo comienzo, y los cinco extensos capítulos no son otra cosa que el esfuerzo interno de retomar el rumbo perdido. Intento esforzado, sí, y aun meritorio, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias que lo acompañaron y lo rodearon y finalmente lo mutilaron.Es que yo también había de ser mutilado, y lo fui. La mayoría de las acciones que formaban parte de las circunstancias en que me puse a escribir la novela luminosa, tenía que ver con mi entonces futura operación de vesícula. Cuando acepté que debía inevitablemente sufrir esa operación, primero discutí con el cirujano para postergar la fecha todo lo posible, y conseguí una prórroga de algunos meses. En esos meses completé cuatro libros que venían siendo largamente postergados, mientras me lanzaba a la furiosa escritura de esos capítulos de la novela luminosa. Era obvio que tenía mucho miedo de morir en la operación, y siempre supe que escribir esa novela luminosa significaba el intento de exorcizar el miedo a la muerte. También intenté exorcizar el miedo al dolor, pero no lo conseguí. El miedo a la muerte, sí; no diré que fui tranquilo a la operación, porque seguía teniendo mucho miedo al dolor, pero la idea de la muerte ya no me hacía temblar, después de escritos los cinco capítulos (que en realidad fueron siete). El temor ante la muerte me vuelve de tanto en tanto, sobre todo cuando lo estoy pasando bien, pero a la operación de vesícula fui, en ese sentido, con la frente alta. Al mismo tiempo, la idea de la muerte me había servido de incentivo para trabajar y trabajar contrarreloj, como un poseso. Logré poner en orden mis cosas, o sea mis letras, mientras paralelamente todos los otros asuntos iban quedando relegados. Fue en ese lapso que me creé una deuda, para mí importante, y la deuda fue lo que me llevó después a Buenos Aires, a trabajar.Al principio me había resistido todo lo posible a aceptar la operación. Los médicos eran terminantes, pero los médicos siempre son terminantes, especialmente los cirujanos, y se sabe que los cirujanos cobran muy bien sus operaciones. Al respecto leí una vez algo de Bernard Shaw que comparto plenamente; señalaba lo absurdo de que decidir acerca de la conveniencia de una operación estuviera a cargo precisamente del cirujano que va a cobrar unos buenos pesos por hacerla. Pero el hecho es que me atacaba cada vez más a menudo de unas infecciones en la vesícula que me daban fiebre y hacían temer derivaciones peligrosas. Por fin me llegó el mensaje a través de un libro. Es notable cómo siempre que enfrento un problema difícil, aparece mágicamente la información precisa en el momento preciso. Yo revolvía libros, como es mi costumbre, en busca de novelas policiales, en una mesa de saldos de una librería sobre la avenida 18 de Julio. De pronto mi vista cae sobre un título que parecía destellar: “No se opere inútilmente”, se llamaba, y si no se llamaba así se llamaba de modo muy parecido. El libro no era barato, y a mí el dinero no me sobraba. Me volví a casa dándole vueltas en la mente a la idea de comprarlo. Comprar libros nuevos (éste era nuevo, aunque estaba en una mesa de saldos) y para colmo que no pertenezcan al género policial, cae demasiado afuera de mis principios y hábitos, por no hablar de posibilidades económicas. Pero estaba en mi casa y seguía pensando en ese libro. Y al otro día igual. Al final me decidí y volví a la librería, y volví a tener el libro en mis manos, pero se me ocurrió que a lo mejor no hacía falta comprarlo; miré el índice y vi que había un capitulito destinado a la vesícula. Todo el resto del libro no me interesaba. El capítulo no era muy largo. Yo puedo leer con mucha rapidez. Miré de reojo y vi que ningún vendedor estaba demasiado pendiente de lo que yo hacía, ya abrí el libro como al descuido, como quien lo estuviera hojeando para decidir si lo compra o no, y fui a la primera página de aquel capítulo, y en las primeras líneas ya estaba todo resuelto; comenzaba diciendo que la operación de vesícula era una de las pocas operaciones que la mayoría de las veces es necesaria. Después daba consejos para no operarse si uno no quería –distintas formas de intentar un control nervioso de los canales vesiculares, para permitir que los cálculos fueran y vinieran a su antojo sin quedarse bloqueados en el esfínter del canal, y cosas parecidas–, pero finalmente recalcaba que tener un mal vesicular era llevar una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento, y requerir una operación de urgencia que, se sabe, no es la forma más segura de someterse a una operación. Cerré el libro, lo dejé en su lugar de la mesa de saldos y me fui para casa rumiando la aceptación, que ya era un hecho.Escribía a mano la novela luminosa, y terminando un capítulo lo pasaba a máquina, y al pasarlo iba introduciendo pequeños cambios y haciendo algunas correcciones. También algún capítulo fue escrito originalmente a máquina. Un capítulo fue desestimado y destruido, pero como verá el lector que llegue hasta ahí, luego me arrepiento y lo resumo en el capítulo que lo sustituye; al parecer, solo había destruido la copia, porque es evidente que luego volví a pasar a máquina el original y volví a ponerlo en su lugar. Pero también conservé el resumen en ese capítulo siguiente, y en esos pasos se me complicó la numeración de los capítulos. No sé bien en qué etapa de las innumerables correcciones los cinco capítulos sobrevivientes quedaron con la forma que tienen ahora (y los dos destruidos no dejaron rastros); estuve cargando con esa novela trunca durante dieciséis años, y cada tanto me empeñaba en una nueva revisión que añadía o quitaba cosas.En el 2000 recibí una beca de la Fundación Guggenheim para realizar una corrección definitiva de esos cinco capítulos y escribir los nuevos capítulos necesarios para completarla. La nueva corrección fue realizada, pero los nuevos capítulos no fueron escritos, y los vaivenes de ese año durante el que disfruté de la beca están narrados en el prólogo de este libro. Durante ese lapso, que fue de julio de 2000 a junio de 2001, sólo conseguí dar forma a un relato titulado “Primera comunión”, que quiso ser el sexto capítulo de la novela luminosa pero no lo logró: yo había cambiado mi estilo, y habían cambiado muchos puntos de vista, de modo que lo conservé como relato independiente. Continúa, de algún modo, a la novela luminosa, pero está lejos de completarla. También el prólogo, “Diario de la beca”, puede considerarse una continuación de la novela luminosa, pero sólo desde el punto de vista temático.Pensé en juntar todos los materiales afines en este libro, e incluir junto a los que contienen actualmente en mi “Diario de un canalla” y “El discurso vacío”, ya que estos textos son también de algún modo continuación de la novela luminosa. Pero el proyecto me pareció excesivo, y opté finalmente por limitarlo a los textos inéditos exclusivamente. Y sigue, y probablemente siga eternamente, faltando una serie de capítulos que no fueron escritos, entre ellos la narración de aquella anécdota que le había contado a mi amigo y que dio origen a la novela luminosa.Yo tenía razón: la tarea era y es imposible. Hay cosas que no se pueden narrar. Todo este libro es el testimonio de un gran fracaso. El sistema de crear un entorno para cada hecho luminoso que quería narrar, me llevó por caminos más bien oscuros y aun tenebrosos. Viví en el proceso innumerables catarsis, recuperé cantidad de fragmentos míos que se me habían enterrado en el inconsciente, pude llorar algo de lo que habría debido llorar mucho tiempo antes, y fue sin duda para mí una experiencia notable. Leer eso sigue siendo para mí removedor y aun terapéutico. Pero los hechos luminosos, al ser narrados, dejan de ser luminosos, decepcionan o suenan triviales. No son accesibles a la literatura, o por lo menos a mi literatura.Creo, en definitiva, que la única luz que se encontrará en estas páginas será la que les preste el lector.
M.L., 27 de agosto de 1999 – 27 de octubre de 2002

viernes, 3 de septiembre de 2010

Mario Levrero

Mario Levrero, seudónimo de Jorge Varlotta, nació en Montevideo el 23 de enero de 1940 y murió en la misma ciudad el 30 de agosto de 2004.
La mayor parte de su vida la pasó en su ciudad natal, con períodos de residencia más o menos prolongados en Buenos Aires, Rosario, Piriápolis, Colonia y Burdeos, en Francia.

Se desempeñó como librero, fotógrafo, humorista, editor de una revista de entretenimientos y, en sus últimos años, dirigió un taller literario. Comenzó a publicar su obra a fines de la década de los 60, en editoriales de Montevideo y Buenos Aires.

La literatura de Levrero ha sido clasificada como literatura de ciencia ficción y literatura fantástica. Es por esto que Ángel Rama lo colocó dentro de los escritores "raros", y que no responden al canon de realismo. En contra del monopolio existente dentro del mundo de las editoriales, Mario Levrero creyó en Internet para publicar sus textos. Por esta razón es posible encontrar sus escritos en este medio. Hay una trilogía de Levrero que debe contarse entre los proyectos narrativos más originales de la narrativa latinoamericana contemporánea.

Original pese a anunciar su aprendizaje de narradores como Borges, Kafka, Walser o Lagerkvist. La trilogía involuntaria compuesta por El lugar, La ciudad y París, esos relatos laberínticos y plagados de claves que no están hechas para ser resueltas, y guiños a referencias que siempre se esfuman en el aire antes de ser descifradas son sus mejores obras. Levrero fue también guionista de cómics para la revista Fierro, el de la pulp fiction, la novela de detectives, el cine porno, el dibujo animado infantil. En ese rubro hecho de todos los rubros marginales, sus libros más recomendables son Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, cuyo detective, tomado de los folletines americanos, y su sidekick de bolsillo (literalmente), resultan inolvidables, y la estupenda Dejen todo en mis manos.


El libro empieza con un escritor -que parece un trasunto del propio Levrero-, hablando con su editor, quien le dice, su novela es buena pero...
Podía habérmelo imaginado, porque sé desde hace unos cuantos años que mis novelas pertenecen a esa clase; buenas, pero. Los críticos se esfuerzan por clasificar mi literatura como perteneciente a tal o cual categoría, pero los editores son más realistas, y unánimes; hay una sola categoría posible para mi literatura: buena, pero..."El editor pagará al escritor una suma que le resulta interesante si averigua quién escribió una novela que les ha llegado firmada con el nombre de Juan Pérez, pero sin dirección. Por ese libro está interesada una fundación cultural sueca. El autor acepta el encargo y se desplazará en autobús al pueblo de Penurias. El resto de nombres de pueblos que aparecen en el libro son: Desgracias, Miserias, Lamentos.

“Hay algo terriblemente culpable en el hecho mismo de ser uruguayo, y por lo tanto nos resulta imposible decir no clara, franca y definitivamente”, nos dice el narrador en la primera página del libro. Los sueños darán paso a un cierto matiz onírico dentro del contexto de una narración realista: “Soy un escritor. No soy Philip Marlowe” (página 17). El narrador llega al pueblo de Penurias, y como un Marlowe aficionado comienza su investigación. Ya ha leído la novela de Juan Pérez y le ha entusiasmado, dice de ella en la página 19: “Tenía un estilo llano, muy sencillo, vigoroso, y colorido”. En la página 96 se cita al admirado Kakfa: “Este hotel era sólo para ti... La frasecita inconclusa me golpeó la mente. ¿Kafka? Una paráfrasis. Pero ¿Por qué demonios había pensado eso?”


La gente incluso suele decirme: «Ahí tiene un argumento para una de sus novelas», como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.


Y como olvidar que hoy 3 de septiembre, es su cumpleaños número 70.



El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos
Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.